Martes, 24 de Noviembre de 2020

INICIO | PANORAMA INTERNACIONAL
PANORAMA INTERNACIONAL

Capitalismo distópico

Por: MHA. Carlos Tapia Alvarado
Historiador egresado de la UNAM y maestro en Historia del Arte, por la EESCIHA
@tapiawho

Share This:

En su Historia económica general (1923), Max Weber comienza definiendo el capitalismo como fenómeno económico libre de todos los “prejuicios” marxistas, y dice que “existe capitalismo dondequiera que se realiza la satisfacción de necesidades de un grupo humano, con carácter lucrativo y por medio de empresas, cualquiera que sea la necesidad de que se trate; especialmente diremos que una explotación racionalmente capitalista es una explotación con contabilidad de capital, es decir, una empresa lucrativa que controla su rentabilidad en el orden administrativo por medio de la contabilidad moderna, estableciendo un balance”. Como podremos notar, los puntos significativos que dan coherencia al texto anterior son las palabras “empresas” y “lucrativo”, ambos como requisitos para llevar a cabo la producción de satisfactores de necesidades de un grupo humano. Para que pueda darse la producción capitalista, la empresa debe: a) apropiarse de todos los bienes materiales de producción; b) gozar de libertad mercantil; c) ser técnicamente racional, lo que implica, desde luego, la mecanización y la distribución mecanizada de la producción, y d) basarse en un “derecho calculable”, lo que significa que la producción se encamine mediante la justicia y la administración racional (forma moderna de expresar que cada quien recibe lo que merece, así el empresario recibe su ganancia y el trabajador su salario, qué poético); para que esto se dé es indispensable la existencia de e) trabajo libre (ya que un esclavo o un siervo no pueden vender libremente su fuerza de trabajo) y, por último, f) que se comercialice la producción. Dice Weber que es en este último aspecto donde interviene la especulación, que se da cuando los “bienes patrimoniales se representan por medio de valores transferibles”.

Esta definición, dada a conocer antes de la Crisis de 1929, sigue siendo válida, ya que el capitalismo continúa siendo el mismo, pero, hoy día, ha convertido a las empresas en fenómenos globales, esto es, en hechos y circunstancias que en su realización y ejecución alcanzan o aspiran a alcanzar a todo el mundo. Y, justamente, los alcances globales del capitalismo se insinuaron desde aquellas grandes recesiones económicas que se dieron en el seno de la Segunda Revolución Industrial, en las que se incluye la Gran Depresión que afectó a Europa occidental y a Estados Unidos entre 1873 y 1896, que coincide prácticamente con el llamado porfiriato en nuestro país. Sin embargo, la Crisis de 1929 es la que hasta hoy ha marcado pauta para observar el quebrantamiento que provoca una recesión económica a nivel mundial. ¿Y qué es una recesión? Es cuando los bienes producidos para “satisfacer necesidades” no circulan entre los mercados, estos están saturados de mercancías que no se venden. ¿Y por qué no se venden? Porque nadie las compra. Esa es la versión clásica, pero las nuevas crisis económicas que han azotado a las economías de este planeta desde finales del siglo pasado (es decir, el mundo del llamado Consenso de Washington) han sido constantes. Podemos decir que vivimos en un mundo en permanente crisis económica o que las recesiones son indispensables para la existencia del capitalismo actual.

Sin embargo, ninguna recesión anterior ha sido tan grave como la que vive el mundo actualmente, que llevó al Fondo Monetario Internacional ha establecer perspectivas de nulo crecimiento para el mundo (-4.9%) y que prevén para América Latina y el Caribe valores negativos de -9.4% (la perspectiva mexicana es del -10.5%). Esto significa que las empresas tienen nulas perspectivas de obtener ganancias, que es lo más importante para la mente empresarial, ya que si no se vende, no se pueden mantener empleados que manejen las máquinas y las máquinas no pueden parar. El desempleo, por lo tanto, crecerá de forma insospechada generando tensiones sociales que agravarán más el ambiente de violenta incertidumbre que se vive en países como México o Argentina.

Recesión significa que la economía se encuentra estancada, pues uno de los rubros más importantes del capitalismo, según vimos en la definición weberiana, es la comercialización. Si no se venden los productos, los stocks (la mercancía almacenada y no vendida) aumentan de forma exponencial y los mercados se saturan porque no hay compradores, porque aquí nadie trabaja, ya que los consumidores son, en primera instancia, los trabajadores que, por medio de sus salarios, adquieren las mercancías que las empresas producen. ¿Cómo subsanar esa situación? La posible respuesta está en quebrantar al capital especulativo, ese que, y gracias a la globalización, se ha visto envuelto en buena parte de las crisis económicas que se vienen dando desde la década de los años 90 hasta la fecha. Digámoslo con otras palabras: quebrantando al neoliberalismo y a los puntos establecidos por el ya mencionado Consenso de Washington, quebrantando la globalización. La crisis provocada por el COVID-19 traspasa las fronteras y ralentiza el crecimiento económico mundial. Y resulta, si le hacemos caso a la historia, que este tipo de crisis siempre tiende a fortalecer al estado. Este, dado su papel de árbitro de la economía a partir del propio consenso de Washington, se debilitó en favor de la globalidad debido, por sobre todas las cosas, a que el estado participativo en la economía lo único que generó fue corrupción y enriquecimiento ilícito; pero dadas las nuevas condiciones impuestas por el Gran Confinamiento, la economía global se despedaza y vemos, entonces, que los grupos dominantes en el poder político se apuntalan como verdaderos líderes sociales que pueden solventar la crisis económica generada a partir de una pandemia.

Está demostrado históricamente que toda crisis siempre genera formas, medios y caminos de recomposición de los sistemas, tanto a nivel global como individual. El hecho de que las predicciones económicas sean tan negativas de cara al futuro, sólo implica que cierto grupo de la sociedad verá mermados sus márgenes de lucro, pero eso no quiere decir que el grueso de la población viva de los indicadores económicos, sobre todo en sociedades como las latinoamericanas, donde el capitalismo se ha transfigurado en un sistema que ha incidido en el enriquecimiento de unos cuantos en detrimento de la sociedad en su conjunto (como es el caso de Chile, laboratorio del neoliberalismo nacido del Consenso de Washington y de la ideas perversas de Freeman y su escuela económica), pero que, no obstante y dada la pervivencia del estado paternalista heredado de la colonización española, tiene, paradójicamente, vías de reconfiguración reales, siempre y cuando los gobiernos emanados de esos estados comprendan que el siglo XX quedó atrás y que si queremos construir sociedades igualitarias, justas y apegadas a la protección de los derechos humanos, los nuevos funcionarios públicos deben ser constituidos a partir de modelos nuevos y no de las viejas formas de ejercer el poder político. Pero para eso se requiere cabeza, corazón y voluntad, cosa que le falta a muchos políticos latinoamericanos actuales.