Lunes, 16 de Setiembre de 2019
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ARTE Y CULTURA

Civilidad posmoderna

Por: MDG. Irma Carrillo Chávez
Maestra en diseño gráfico; Coordinadora de Casa Cartel, Centro Universitario de Investigación Gráfica
@IrmaCarrilloCh

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Tal pareciera que aquel concepto que define al hombre que vive en comunidad, ese que nos clasifica como una especie diferente al resto de los seres vivos; aquel que nos define como seres pensantes, sociales y políticos –el famoso “animal político” del siempre admirado Aristóteles– se está perdiendo hasta sintetizarse, de manera irremediable, en la primera palabra. Animales somos, eso es innegable, pero como dicen las abuelas: “a nosotros nos asiste la razón”. O eso es lo que pensamos. Y este que abordo no es un tema novedoso ni diferente, ni siquiera original. Es un tema obvio, reiterativo, copiado, porque tal parece que, a lo largo de la historia, tendemos a olvidarlo.

¿Por qué no somos buenos ciudadanos? ¿Qué nos impulsa a tener ese comportamiento con nuestros semejantes? Me paso un alto; cruzo la calle por el medio; me estaciono en doble fila; grito más fuerte, transito con mi bicicleta sobre la acera. No conozco la vida cotidiana del resto de las ciudades del mundo, pero en México muchos de estos problemas se los debemos al consabido pensamiento egoísta que defino como “nomás tantito, nomás poquito”. Pudiera sonar a albur. Albur es el que nos aventamos cada día cuando salimos a enfrentar el mundo con una conducta agresiva para los demás: “nomás me estaciono tantito en doble fila a comprar un chesco, no importa que lleve el camión urbano lleno de almas en pena”; “nomás lo rebaso tantito por la derecha, con el caos de la glorieta ni cuenta se va a dar”; “nomás me subo con mi bici una cuadra sobre la acera, al cabo no vienen peatones caminando”.

Ejemplos hay muchos: gritamos enfurecidos porque no obtenemos lo que queremos, peor aún, lo que creemos merecer. Y la sociedad, siempre benévola, eleva a multitud de personas a la categoría de lord o lady, como muestra inequívoca de su gran presencia en el mundo y, además, los premia con la viralidad. Tristemente, va disminuyendo nuestra capacidad de vivir en sociedad y hacer comunidad en el mundo real. El comportamiento egoísta que evidenciamos nace de la sensación de que “nos merecemos todo”: ser felices, obtener el éxito anhelado, pensar primero en uno mismo; pasar primero, estacionarme enfrente de donde voy… Muchos factores pueden influir en nuestro comportamiento: la educación que tuvimos en casa, los golpes de la vida, la falta de autoestima o, incluso, los libros de autoayuda, esos que nos dicen cómo hacerle para ser ricos, felices y bellos por siempre.

La falta de civilidad no sólo ha afectado nuestra vida cotidiana en el mundo real; el mundo virtual nos ha descolocado para cuestionarnos: ¿cómo debo comportarme? ¿Debo saludar primero? ¿Le pregunto de manera directa? ¿El anonimato de la red me permite opinar lo que yo quiera, como yo quiera? Para esto, ahora tenemos la netiqueta, “término” utilizado para referirnos a la urbanidad básica aplicada en el mundillo virtual. Nunca escribir en mayúsculas: YO NO GRITO; siempre acompañar mis palabras de un gráfico que refleje mis intenciones –los emoticones, para mi gusto, sólo incrementan nuestra incapacidad de expresar nuestras emociones–; jamás dejar en visto, contestar en un mínimo de tiempo, disponibilidad 24/7… Paradójicamente, estamos tan “conectados” que olvidamos saludar, despedirnos, comentar cosas interesantes, preguntar si estamos disponibles y la conversación alguna vez iniciada en febrero, es continuada en agosto como si fuera eterna; todos nos debemos a todos en la red: mientras el mundo real sufre las consecuencias de esta inmersión.

Soluciones: las dejo a criterio del lector, por lo visto, el comportamiento animal del ser humano es imposible de dominar.