Jueves, 20 de Junio de 2019
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House of cards, entre la ficción y el realismo político americano

Por: MAF. Javier Rueda Castrillón
Maestro en Administración con especialidad en Finanzas y Licenciado en Economía. Estudio en la UCM (España) y en la Universidad de Harvard.
@ruedac

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La serie política más exitosa de Netflix vuelve a la pantalla y presenta un recorrido histórico que refleja a la perfección un sinfín de similitudes vividas en la Casa Blanca actual. En la vida real, causa asombro ver al presidente Donald Trump asediado por incontables denuncias de obstrucción a la justicia, sin dejar de insistir en una temerosa relación rusa y material mediático de primera plana, digno de ser comparado con la ya galardonada serie de la pantalla chica.

La nueva temporada debuta con tintes de copia, numerosos encuentros en esta última entrega de House of Cards son evidencia de una crítica al sistema político americano, una replica exacta en la cual las investigaciones del Senado y las tácticas carentes de ética pasan de la ficción a la realidad. En estos tiempos complicados, la relación con los diferentes medios de comunicación obliga a cuidar hasta el último detalle. Sería deseable poder llevar cada percance a una escena real, ver salir a Trump del poder sin un nuevo mandato y sin el “to be continued…”.

Déjeme decirle que ante tal parecido, los críticos de Trump solicitan cordura a cada seguidor, con el ánimo de no distraerse; insisten en la necesidad de confiar en el enfoque y no hacer comparativas odiosas que, ya sea por los esperpénticos tweets presidenciales o los comentarios extravagantes, dejan ver una igualdad bárbara; como es lógico, son los más arraigados a los esquemas republicanos los que han argumentado que toda esta caótica distracción es parte de su master plan, un motivo descarado para hacer quedar mal al mandatario, una falta de ética atroz, una historia de lobos disfrazados de corderos haciendo llegar el mensaje erróneo a cada hogar.

El acoso del editor de The Washington Herald, Tom Hammerschmidt, desenmascarando todos los secretos de un Frank Underwood desconcertado, es una invitación a la preparación para las malas noticias. Trump vive momentos agónicos, cuestión de tiempo para ver caer el frágil castillo de naipes que sustenta la ideología trumpiana, un uso mediático cansado de mostrar al presidente americano firmando órdenes ejecutivas, una calca al drama televisivo de los impresentables Underwood. Esta imposición a la realización de mandatos inconstitucionales buscó dar un impulso en los primeros meses de mandato a la sinrazón y la intolerancia, en su sistema democrático complejo; muchos deben estar arrepentidos de haber elegido semejante desfiguro.

Como gran historia americana, hay argumentos fijos que deben ser contemplados, la guerra es uno de ellos y, como motivador de masas, no podía faltar. Los conflictos bélicos siempre han sido de gran antojo para el televidente, dígase para pantalla grande y concrétese en la vida real, con invasiones, búsqueda de justicias ajenas y la vuelta de petróleos robados han hecho del género war uno de los predilectos para el gringo acomodado. Con un Underwood valiente, capaz de instar a la guerra para exterminar grupos terroristas falsos y una defensa a la soberanía norteamericana, usted no me dejará negar la copia en penosos encuentros como Siria, mundo árabe y demás delicatesen política; la violencia llega cuando la razón no alcanza, Trump es un experto violento, su tozudez queda constatada en cada amenaza, insulto e intento de agresión, es un Underwood agónico, aunque –para ser justos– la serie de ficción da para mucho más que Donald en la farándula internacional.

Hillary Clinton debe estar aliviada al no verse reflejada en la trepadora Claire Underwood, hubiera sido un golpe devastador ante la falta de ética del personaje, una relación que bien podría proyectarse con Will Conway, quien gana el voto popular, pero, como era lógico en la trama, perdería la carrera al ser manipulada en estados vitales del Colegio Electoral y participar en la eliminación de votantes.

A la fecha, el Departamento de Justicia y las diferentes cámaras del Congreso, continúan investigando la posible intromisión rusa en las elecciones americanas del pasado 2016, el contacto ilegal con los miembros de la campaña de Trump reabre debates sobre una supuesta colusión, tácticas de eliminación de votantes y un manejo informático no esclarecido que otorga mayor dramatismo y realidad a la historia.

House of Cards se obsesionó con el tema Rusia, muchos vimos un alargue innecesario, el tema no daba para tanto, pues, al buen entendedor, pocos capítulos bastan. Viktor Petrov pone en escena a un intratable Putin, un malo de cuento, de esos que con solo verlo inspiran temor, un personaje despiadado, ávido de petróleo, falto de diplomacia, pero sometido al estilo yankee, como le gusta al gringo, con miedo a ser humillado ante el poder que denotan las barras y estrellas americanas.

El éxito de la serie radica en un apego a los diferentes sucesos políticos, la historia se convierte en un reality show irónico, una constante relación de lo que sucede y debe permanecer plasmado en su lista de capítulos. La muestra fiel de la ruptura entre la política actual americana y el electorado queda filmada con una exposición de ciudadanos valientes, manifestantes que se unen fuera de la Casa Blanca capaces de exhortar frases como: "¡No es mi presidente!", "Nunca Underwood", imitación hiriente a las protestas anti-Trump retransmitidas en todos los medios.

El cuestionamiento al FBI brinda el golpe final, sella el realismo ante un grotesco Nathan Green atascado en el lodo durante la administración de Underwood, subdirector policial corrupto que debería ser investigado, ante cualquier parecido con la realidad. Trump no cuenta con la confianza de un amplio segmento americano, su política impositiva quedó en entredicho a inicios de año al atacar de manera directa al número dos del FBI. McCabe fue cuestionado desde la presidencia, siendo mano derecha del director James Comey, dirigió la investigación sobre la supuesta injerencia rusa en las elecciones, situación incómoda que concluiría con una dimisión forzada.

En la época de las fake news, es todo un detalle la semejanza de la mejor serie política con la actual administración, un lujo que deja evidentes matices, una secuencia profética que invita a ver cada capítulo con una mirada crítica, comparativa y cuestionadora. Trump y Underwood tienen mucho en común, propensos a comentarios extravagantes, falsos e infundados, son capaces de cualquier cosa con tal de afianzarse en un cargo que otorga poder, mucho poder.

House of Cards es una obra maestra, ganadora del premio Emmy, David Fincher da por hecho que la inversión de más de cien millones de dólares por parte de Netflix es pecata minuta, la historia lo vale, tanto como para colocarla en un número uno, temporada tras temporada. Con este éxito arrollador, deme la oportunidad de dar cierre a este escrito, una aseveración constatada: la historia, por lo general, se repite dos veces; la primera como tragedia, la segunda como farsa. Lo visto con emoción en Netflix no deja de ser una nueva versión estadounidense de la original británica, una historia que debutaba como miniserie allá por los años noventa. Para sorpresa de todos, esta versión inglesa se basa en la novela homónima de Michael Dobbs, durante la sucesión de la Dama de Hierro.

USA ya vivió este proteccionismo años atrás y, por lo visto, no aprende la lección, un House of Cards que divierte desde la pantalla, pero preocupa en la vida real. Ya lo dijo Underwood: "el camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía", dura frase para saber que estamos en problemas.