Martes, 19 de Octubre de 2021

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La trampa de Bucareli

Por: MDC. Daniela Paz Aguirre
Maestra en Derecho Constitucional y Derechos Humanos, por la Universidad Panamericana de México; área legal STRATEGA Consultores
daniela.paz@strategamagazine.com

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Con una edad de alrededor de 200 años (depende si la consideramos por la independencia, la declaración o el reconocimiento del país), el pensar general es que México debería ser ya un Estado “hecho y derecho”, sabido de su democracia y los mecanismos para protegerla y ejercerla; con una economía estable debido a sus enormes recursos naturales y el creciente turismo mundial; y, por supuesto, con una independencia indudable e inquebrantable. Pero todo esto, parece ser parte de una “utopía mexicana” sobre cuál debería ser nuestro lugar en el mundo, no sólo porque somos un país que trabaja arduamente, sino porque después de todo hemos luchado mucho por lo anterior. Sin embargo, algo no nos ha salido bien en el camino.

¿Por qué si somos un país de 200 años de creación y una amplia riqueza natural, seguimos siendo tan dependientes? Sin duda, no soy portadora de la verdad absoluta y mucho menos de la respuesta correcta, no obstante, mi teoría apunta a que en realidad somos una economía sumamente joven. Algo así como el hijo que comienza la etapa adolescente y está descubriendo el mundo con sus propios ojos.

Dicho de otra forma, tratar de entendernos como una nación independiente sería aventurado y equívoco, puesto que la bilateralidad y dependencia económica que existe con el vecino del norte es notoria, innegable y no siempre favorable para México.

Aunque lo anterior no resulte ninguna novedad, lo interesante es entender: ¿cómo llegamos a esto? Y para poder contestarlo es necesario hacer algo de historia.

Apenas 13 años después de estallada la Revolución, México se comprometía a otorgar grandes concesiones a los Estados Unidos de América a través de dos tratados de reclamación y un “pacto extraoficial” en materia de petróleo y reparto agrario a los que se denominaron: Tratados de Bucareli.

Para 1923, el entonces presidente Álvaro Obregón firmaba el Tratado de Bucareli, –que se entendía como un “pacto de caballeros” entre México y EUA– urgido por el reconocimiento de su presidencia y debido a la “mala imagen” que le ocasionaba la ausencia de esta, los estadounidenses le enviaron los proyectos de los tratados y así se escribiría una página de la historia que estaría vigente por más de 100 años.

Dentro de las obligaciones que tenía el Estado mexicano estaban el pago en efectivo por la indemnización de las tierras expropiadas a norteamericanos para la restitución y dotación de ejidos y la protección de las inversiones petroleras hechas antes de la Constitución de 1917, además de garantizarles sus derechos para poder seguir explotando el petróleo a los propietarios americanos que los hayan adquirido antes de 1917 por un periodo de 15 a 25 años; México admitió pagar una indemnización por los daños ocasionados por la revolución; se obligó a sustituir la red de ferrocarriles (debido a la deuda generada entre 1907 y 1923) por una red de carretera nacional cuyos suministros y asistencia requerida debieron ser adquiridos a empresas o ciudadanos estadounidenses, así como el 80% de los vehículos de transporte utilizados para dicho fin; durante un periodo mínimo de 25 años México se obligó a no llevar a cabo ningún proyecto de industrialización que fuera en detrimento de los “intereses” del gobierno de los Estados Unidos y se acordó no “develar” el contenido del pacto durante los próximos 100 años y, una vez transcurridos, 50 más, si ese llegara a ser el acuerdo entre las partes.

Lo acordado en el llamado “Pacto de Bucareli” dejó a México sumido en una desventaja abismal en la carrera por una economía más sólida y con la incapacidad de generar industria, ser responsables de nuestros recursos petroleros y, sobre todo, una gran necesidad de comercio con los vecinos del norte, acciones que hasta hoy estamos tratando de entender y ejercer.

Aunque a ciencia cierta se desconoce el contenido total del “Pacto de Bucareli” por la secrecía y vergüenza con la que se suscribió, firmó, implementó y se ha seguido conservando, es de dominio público la existencia de lo que puede ser la más grande trampa de nuestra historia contenida en los textos publicados por Adolfo Arrioja Vizcaíno en su libro La muerte de Pancho Villa y los Tratados de Bucareli.