Lunes, 13 de Julio de 2020

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ARTE Y CULTURA

Maltrato digital

Por: MDG. Irma Carrillo Chávez
Maestra en diseño gráfico; coordinadora de Casa Cartel, en el Centro Universitario de Investigación Gráfica
@IrmaCarrilloCh

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Ahora, nos ha dado por clasificar a las personas de acuerdo con el año de nacimiento: los baby boomers son los nacidos entre 1940 y 1964; la generación X, entre 1965 y 1980; los millennials, nacidos entre 1981 y 2000 y ahora, los centennials, nacidos en este siglo. Más o menos, así es. Pues bien, a partir de la aparición de los sistemas de hiperconexión con los que contamos, todo lo podemos controlar desde nuestro dispositivo electrónico, mal llamado teléfono inteligente, ya que dentro de sí lleva nuestra vida entera y lo de menos es el teléfono. Vivimos en el mundo de la “apptitis”: movimientos bancarios, pago de luz, teléfono y servicio de datos, pago de tiendas departamentales; comunicación con familiares y amigos, redes sociales, fotografías, alarmas, clima, escáner, libros, música… prácticamente todo lo tenemos controlado por medio de este dispositivo “inteligente”.

Sin embargo, todavía siguen con vida –les aviso por si las grandes transnacionales, bancos y demás instituciones que proveen servicios, no se han dado cuenta– muchos baby boomers, aquellos que tienen entre 70 y 95 años de edad, en promedio, aunque los hay más grandes. Estas personas fueron testigos de la evolución y desarrollo tecnológico en el transcurrir de su vida: de cocinar sus alimentos en fogón, a los servicios de entrega de comida rápida por medio del uso de una aplicación, se convirtieron en asombrados testigos de un cambio que a partir del año 2005 ha sido imparable, ya es obligado por cualquier dispensador de bienes o servicios básicos, la utilización de un dispositivo inteligente y para poder usarlo debemos acumular diversos saberes, los cuales les parecerán obvios o ridículos siquiera de mencionar a las nuevas generaciones, como conocimientos de conectividad con la red; sistemas operativos, dónde se adquieren las aplicaciones; lógica de búsquedas de información en los exploradores; cómo ingresar una tarjeta de débito; qué es una tarjeta de débito; dominio en el uso del correo electrónico; ser creativo al momento de decidir una contraseña de 12 dígitos que incluya mayúsculas y minúsculas, números y algún signo alfabético para cada aplicación; suscripción a sitios de interés o redes sociales, por mencionar los servicios más básicos. Imaginen a una persona jubilada, que fue operaria en una fábrica, secretaria o incluso jefe en algún área importante, acostumbrada a recibir por correo sus recibos de teléfono, luz, agua, cable, estados de cuenta bancarios y de tiendas departamentales, una de sus salidas al mundo era el pago de estas cuentas. Pagaba, le extendían un comprobante, sellaban el recibo y regresaba a su casa con la satisfacción del deber cumplido.

Sin embargo, y en aras de “facilitarles las cosas a los abuelos”, llega el nieto, eufórico: “¡Te compré un teléfono inteligente para que no tengas que salir!”, dice el acomedido puberto, quien ni tardo ni perezoso dedica una tarde, con paciencia franciscana, a enseñar al abuelo los entresijos de las nuevas tecnologías. De más está decir que esto ocasiona en individuos de la tercera edad angustia, desazón, incertidumbre e inseguridad. No están ciertos de en dónde se deposita su pensión, si no hacen movimientos bancarios, les congelan la cuenta; los pagos por medio de aplicaciones no se ven materializados en un comprobante físico; para todo les demandan un correo electrónico que no saben utilizar. Si bien estoy generalizando y muchas personas de la generación de la posguerra han tenido que adaptarse ya a estos usos, no deja de ser violento el maltrato, impaciencia e intolerancia que sufren los adultos mayores, por parte de instituciones y comercios, por no saber utilizar las nuevas tecnologías, sin mencionar que son blancos vulnerables para el fraude digital.

Considero también que este fenómeno será pasajero, quedarán al frente las generaciones que han aprendido el concepto de “vida virtual”, con el detrimento que este hecho ocasiona a la humanidad: aislamiento, cultura del “Yo” y pérdida del disfrute por la convivencia en tiempo real.