Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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ARTE Y CULTURA

En defensa de la música del siglo XVIII

Por: Mtro. Carlos R. C. Tapia Alvarado
Historiador egresado de la UNAM y Mtro. en Historia del Arte egresado de la EESCHA. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la UASLP, UCEM, CASLP, Motolinia.
@tapiawho

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A mí me intrigan las personas que no gustan de la música. Yo no soy quién para juzgarlos, así que no me atrevo a denostarlos. Pero en verdad, no sé por qué no les gusta.

De entre todas las artes, cada una con sus particularidades cada vez más complejas e interesantes aportadas por el mundo contemporáneo, la música siempre ha tenido ese encanto especial de ser el arte etéreo por excelencia. Desde hace muchísimo tiempo se desligó de la poesía para convertirse en una de las máximas expresiones de la creatividad del ser humano. Y antes del lenguaje articulado por medio de la palabra, antes de la aparición de la palabra, ya el sonido organizado hecho música acompañaba al homo sapiens del Paleolítico. Su propio cuerpo, seguramente, fue el primer instrumento musical: desde toda la epidermis como superficie percusiva, hasta generar silbidos con la boca. Y de ahí, su portentosa inventiva; a la par que dominaba animales y plantas, al tiempo en que construía templos y monumentos, también elaboraba instrumentos musicales cuya sofisticación se alcanzó pronto.

La música surgió entonces. Y muchos fueron los individuos que contribuyeron a hacer de este arte un todo de riqueza simbólica superior, tales como el monje benedictino del siglo XI, Guido d’Arezzo, quien creó el tetragrama, esquema de cuatro líneas que permitía establecer el valor del sonido que soportaba el canto de los textos canónicos de una manera ordenada y fácil de aprender. Posteriormente se creó el pentagrama, racionalización máxima del arte musical de Occidente. Después viene la historia de cómo se fueron particularizando los estilos. No le voy a hacer larga la historia al lector. Mejor será abordar nuestro tema desde ya.

El siglo XVIII se conoce, ya lo saben, como el Siglo de la Ilustración. Es el gran siglo de las Luces, de Voltaire, Rousseau, Diderot, Hume, Lessing y Kant (por mentar a unos cuantos). En el desarrollo de la filosofía vemos una línea ascendente que va desde Pierra Bayle hasta los primeros prerrománticos, como Novalis. Es el siglo de Casanova, quien nos dejó unas deliciosas Memorias llenas de situaciones curiosas y encantadoras. Es el siglo de los grandes déspotas ilustrados, tales como Federico el Grande, rey de Prusia y constructor de la grandeza militar alemana, o Catalina la Grande, zarina de todas las Rusias, o Carlos III de España, o José I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, es decir, Austria. Es el siglo del gran dominio cultural de la corte de Versalles, y del surgimiento de la potencia mundial inglesa. En fin, es el siglo que ve nacer a los Estados Unidos y presencia el estallido de la Revolución Francesa, verdadero movimiento aniquilador de las antiguas estructuras de dominio aristocrático. Es el siglo de la Razón, de la Igualdad, Libertad y Fraternidad, principios todos que buscan la felicidad del hombre social y que establecen como pertinente la existencia de un Estado racional que garantice a todos los ciudadanos el goce de su libertad.

Precisamente en ese siglo de historia tan dramática, pero al mismo tiempo, tan llena de esperanza y optimismo, se desarrolla la música occidental de una forma tan contundente, que los músicos del siglo XIX (aquellos tan estimados por los aficionados) abrevarán y producirán sobre los cimientos construidos en la centuria precedente. Y se da el lujo de cerrar una época musical: el barroco, que en música dará sus más logrados frutos en los geniales Johann Sebastian Bach, Georg Friedrich Handel, Georg Philip Telemann y Antonio Vivaldi, por no mencionar a toda una pléyade de genios musicales. Pero lo que nos interesa está en esa etapa casi olvidada por los grandes musicólogos del siglo XX, quienes creían que la música rococó (así se denomina el estilo que hoy destacamos) era poco menos que aburrida e insustancial. Pero tal juicio es injusto.

Una nueva forma de hacer música se comenzó a generar tanto en la Italia llena de sonidos de Vivaldi, Albinoni, Correlli o Marcello, como en Alemania, gracias al impulso de los cuatro geniales hijos del viejo Bach: Wilhelm Friedemann, Carl Philip Emmanuel, Johann Christoph Friedrich y Johann Christian, quienes ayudaron a configurar un estilo alejado de las formas musicales de su papá. Al mismo tiempo, en Viena surgieron músicos criados bajo la sombra de Johann Joseph Fux, extraordinario maestro de contrapunto, y cuyo tratado, Gradus ad Parnassum, fue leído por el propio Bach y estudiado por Haydn con asiduidad. Estos maestros vieneses fueron Georg Mattias Monn, Florian Leopold Gassmann y Georg Christoph Wagenseil, a quien habría que agregar al gran reformista de la ópera, Christoph Willibald Gluck. Y Viena, gracias a estos maestros, a los cuales habría que agregar a Leopold Mozart y a su hijo, Wolfgang Amadeus, así como a Karl Ditters von Dittersdorf, Johann Georg Albrechtsberger, Michael Haydn y el monumental Franz Joseph Haydn, se convirtió en la capital musical de Europa, donde luego destacarán Beethoven, Schubert y muchos otros.

En Berlín, en el esfuerzo por hacer de Prusia un estado ya no sólo lleno de soldadotes y campesinos, Federico el Grande creó una corte donde los músicos no faltaron, destacándose el propio rey como un gran ejecutor de la flauta traversa y como compositor de conciertos y sinfonías. Pero el más hermoso fruto de esa época se debe a la iniciativa del príncipe elector Carlos Teodoro, gran aficionado y ejecutante de música, quien creó un conjunto amalgamado por compositores de primerísimo nivel, tales como Johann Stamitz, Franz Xaver Richter, Christian Cannabich, Ignaz Holzbauer, Carl Stamitz y Anton Filtz. Imagínese, querido lector, que cada uno de estos compositores ponía a prueba su composición para que el resto de los músicos la ejecutara. Fue el nacimiento de la moderna orquesta sinfónica, pero su organización fue siempre democrática, promovida por el propio príncipe elector. No podemos dejar de mencionar a los padres del nuevo estilo, los italianos Giovanni Battista y Giuseppe Sammartini, y desde luego al famosísimo teórico, el franciscano Giovanni Battista Martini, maestro de Johann Christian Bach y de Wolfgang Amadeus Mozart, a quien admitió en la Academia de Bolonia siendo este un niñito. Muchos músicos italianos se convirtieron en jerarcas musicales en la mismísima Viena, en donde encontramos a personajes tales como Domenico Cimarosa o Antonio Salieri. También tenemos que mencionar a otros músicos menos conocidos, tales como Josef Mysliveček o Dmitri Bortniansky.

Hay melómanos que acusan a esta música de ser casi siempre la misma, o que todos compusieron más o menos por el mismo estilo, y en estricto sentido tienen razón, pero les falta comprender la causa fundamental de esa aparente uniformidad: todos estos maestros pulieron las formas, afinaron las estructuras que después los románticos explorarán al llevar a la creación musical hacia nuevas esferas.

Pero es necesario insistir en que semejante oleada de creatividad decimonónica sólo se puede comprender porque en el siglo precedente los músicos, menos petulantes y menos pagados de sí mismos, se avocaron a crear los fundamentos de la llamada “música clásica”. Así de importantes son. ¡Y qué decir de la música! Siempre nos topamos con obras maravillosas. Por ejemplo, el siglo XVIII inventó la sinfonía (de las cuales se conocen por lo menos 10 mil, una cantidad verdaderamente fabulosa, y que da cuenta de la fascinación que ese género musical ejerció sobre aquellas cabezas adornadas con pelucas y talco). La música sacra es hermosa y profunda, y desde luego la ópera recibió un impulso tan amplio que en al finalizar la centuria ya encontramos verdaderas obras maestras del género, salidas de la genialidad del joven Mozart. Es una música fascinante, alegre, profunda, llena de vuelcos, crescendos y diminuendos.

Si a Usted le gusta la música, adéntrese con alegría a la música barroca, rococó y clásica del siglo XVIII, no se va a arrepentir. Asistirá a la construcción de la música como verdadero género artístico.