Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
INICIO | ESPECIAL
ESPECIAL

Sortilegios de la luna

Por: Juan Villoro
Agencia Reforma / Escritor y periodista. Profesor en la UNAM, Yale University y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
@JuanVilloro56

Share This:

El Zócalo es la única plaza más importante que cualquier medio de comunicación. El sábado 1o. de octubre Roger Waters, ex integrante de Pink Floyd, celebró ahí un acto de comunión rockera y un happening político. Como siempre, es difícil saber cuántos asistieron. Las cifras oscilan entre cien mil y doscientos mil feligreses.

Bajo una llovizna intermitente, compartimos la noche de los signos convocados por la invisible luna. Durante dos horas y media, la bandera de México, el campanario de Catedral, los adornos de las fiestas patrias y las siluetas que asomaban por las ventanas de Palacio Nacional coexistieron con las chimeneas de la planta eléctrica de Battersea que aparecen en la portada del álbum Animals, la inmensa pantalla donde se proyectaban imágenes satíricas de Donald Trump -relevadas por la consigna "Renuncia Ya"- y el cerdo inflable con un graffiti en el lomo: "Nos faltan 43". Un silencioso helicóptero vigilaba en lo alto mientras el estruendo de un helicóptero imaginario vinculaba las canciones. La realidad y su representación se fundían al compás del rock progresivo, surgido para bailar con la mente. Al final, la letanía de "Eclipse" sirvió de marco sonoro al prisma de rayos láser que convirtió al Zócalo en la portada de Dark Side of the Moon: "Todo lo que tocas/ todo lo que ves/ todo lo que sientes/ todo lo que amas [...] Todo eso se ha ido/ y todo eso está por venir/ Y todo bajo el sol está en armonía/ pero el sol está eclipsado por la luna". La letra resume la celebración cósmica de Floyd ("todo bajo el sol está en armonía") y advierte de sus sombrías posibilidades ("pero el sol está eclipsado por la luna").

A los 73 años, Waters se mantiene fiel a las contradicciones y las turbulencias que le han permitido sobrevivir en un oficio donde la locura, la sobredosis y la banalidad son formas habituales de la jubilación.

Un drama definió su trayectoria: el 18 de febrero de 1944 el soldado inglés Eric Fletcher Waters murió en Anzio, a unos cincuenta kilómetros al sur de Roma. El bajista sólo conoció el sitio exacto donde cayó su padre hace poco, cuando fue localizado por un veterano de 96 años que había estado en el campo de batalla. El 18 de febrero de 2014, setenta años después de los sucesos, fue al lugar que le inspiró numerosas canciones antibélicas. El sol mediterráneo tocó su frente sin alterar el invierno de su descontento.

El enemigo jurado de la guerra ha sido belicoso. Separó de la banda a Syd Barrett, compositor de la mayoría de las canciones del primer disco. Ciertamente, el "gaitero en las puertas del amanecer" estaba sumido en la neblina del LSD, pero Waters actuó con frío pragmatismo. A mediados de los ochenta, demandó a los demás miembros de Pink Floyd por usar ese nombre y protagonizó una de las más encarnizadas batallas legales de la escena rocanrolera, tratando de impedir el éxito de un disco excepcional, A Momentary Lapse of Reason ("estaba equivocado", reconocería después). La mayoría de los críticos prefieren al guitarrista David Gilmour como cantante, compositor, instrumentista y persona. Sin embargo, de manera insólita, el rabioso Waters acabó por ser fiel al grupo que quiso extinguir e interpreta en vivo su repertorio con la nítida perfección de quien graba en estudio.

La realidad ha renovado la vigencia de sus composiciones. The Wall, retrato íntimo de un rockero de la posguerra, adquirió otro sentido con la caída del Muro de Berlín y con los sueños carcelarios de Trump. En lo que toca a la crítica al gobierno mexicano, todo comenzó hace cuatro años, cuando Waters se reunió con padres de desaparecidos y miembros del Movimiento por la Paz. La carta que leyó en buen español, dirigida a Peña Nieto, fue una sensata y elocuente crítica a la impunidad. Ante las puertas de Palacio Nacional, esas palabras adquirieron intensidad dramática.

¿Se trata de una semilla para el cambio o de un mero desfogue que convierte a la discrepancia en parte de la sociedad del espectáculo? Quienes emplearon insólitas energías para llegar al Zócalo desde las ocho de la mañana, ¿harán un esfuerzo equivalente para luchar en el mundo de los hechos por las consignas que corearon? ¿Es la cultura de masas un estímulo para la rebeldía o se trata de una escenificación tan inocua como mandar un tuit al océano virtual?

All in all another brick in the wall?