Miércoles, 17 de Octubre de 2018
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ARTE Y CULTURA

¡Tú sí escribes muy bonito!

Por: MDG. Irma Carrillo Chávez
Maestra en diseño gráfico; Coordinadora de Casa Cartel, Centro Universitario de Investigación Gráfica
@IrmaCarrilloCh

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En estos tiempos de algoritmos digitales que invaden nuestros espacios más ocultos, los cuales se han encargado de romper paradigmas milenarios, surge el síndrome de Trithemius quien se encarga de provocar escozor en el alma. Johannes Trithemius fue un monje alemán que vivió a finales del siglo XV y principios del XVI. Su labor, como la de muchos otros monjes escribanos, consistía en salvaguardar y proteger el legado cultural que habían recibido. A pesar de ser más conocido por los diversos tratados que escribió relacionados con la codificación de mensajes, lo cierto es que gracias a su obra De Laude scriptorium manualium, se sabe cuáles eran las ideas que este benedictino tenía sobre la tecnología que estaba revolucionando aquellos últimos años del siglo XV, y que, según él, ponía en peligro, empobrecía y desprestigiaba la transmisión de la cultura. Se refería, por supuesto, al nuevo “ars scribiendi artificialiter”, es decir, a la imprenta.

En algo estoy de acuerdo con este monje benedictino: la complicada experiencia de aprender a escribir, de relacionar el rasgo caligráfico, las florituras y remates preciosistas sin perder el compás del significado textual es harto compleja; quienes se dedican a ello lo saben; quienes hemos incursionado de manera pueril en el arte caligráfico, lo respetamos. Al grito del conocido dicho “la letra con sangre entra”, los maestros se solazaban en marcarnos pautas de aprendizaje mecanizadas para llegar a la cima de la expresión humana: poder dominar el lenguaje escrito. De ahí nacen los dechados caligráficos o muestrarios que se elaboraban a partir de planas de letras y palabras que después se encuadernaban y se regalaban como muestra de afecto sincero. Los dechados caligráficos son cada vez más escasos y formaban parte de un sistema de enseñanza de la escritura que requería concentración, disciplina y atención.

Ahora, tengo en mis manos un ejemplar de un manual de caligrafía que perteneció a mi abuelo paterno: Caligrafía artístico-& práctica universal, Modelos de escritura coleccionados por don Vicente Fabián Vergara, profesor de caligrafía mercantil en la Escuela Nacional de Comercio y administración de México. El maravilloso título de calígrafo mercantil fue adjudicado al autor en una época en la que se reconocían las complejas habilidades que se requieren para lograr una excelente caligrafía. Pues bien, don Vicente nada tonto, se allegó de brillantes plumas de la época, las cuales plasmaron su arte en las primeras páginas del mencionado Manual; entre sus páginas vemos una carta de don Ignacio Manuel Altamirano, la cual cito:

Noviembre 6 de 1888

Muy querido amigo:

Acabo de ver las excelentes muestras caligráficas que ha tenido V. la bondad de enviarme. Creo que no tengo necesidad de decir a V.: que las encuentro buenas, muy buenas, puesto que, hace tiempo que conoce V. mi opinión acerca de los trabajos de V. en el bello arte de la caligrafía que cultiva V. con tanto éxito en la República Mexicana.

Yo estoy muy lejos de ser un calígrafo y de tal afirmación tiene V. pruebas en la abominable forma de letra de esta carta, pero mi educación estética me permite conocer cuál es la bella forma de la letra que conviene enseñar en los establecimientos de instrucción primaria y secundaria, tanto de la ciudad de México como de las poblaciones de los estados …

 Y es que observar las intrincadas muestras caligráficas que conforman cabezales de notas, facturas, letreros, titulares y rótulos comerciales es un solaz para la vista además de provocar en quienes gustamos de estas artes la nostalgia de tiempos pasados.

 Actualmente, muchos maestros calígrafos se han dedicado a reactivar el bello arte de dibujar letras: el denominado lettering aplicado tanto a diseño de producto como a rótulos comerciales o de servicios, no es más que la revitalización de la caligrafía mercantil del siglo XIX. Como quiera que sea, -que ya sabemos que todo vuelve-, es un placer estético observar la belleza de esos símbolos de comunicación que muchos amamos: las letras.