Sabado, 24 de Octubre de 2020

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ECONOMÍA

Vamos muy bien

Por: Sergio Sarmiento
Lienciado en Filosofía, por la Universidad York, de Toronto; titular de programas de radio y televisión. Premio Antena por la CIRT
@SergioSarmiento

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“Ha llegado el momento de aceptar que el crecimiento económico es bueno". Bjorn Lomborg

El presidente López Obrador no tiene dudas: "Vamos muy bien", afirma en cada oportunidad. Los datos, sin embargo, dicen otra cosa. Quizá no estamos en recesión, pero la economía no está creciendo.

El producto interno bruto (PIB) tuvo un descenso de 0.4 por ciento anual en el tercer trimestre de 2019. Los nueve primeros meses de este año muestran un estancamiento (0.0 por ciento) en comparación anual.

Hay muchos cuestionamientos sobre la forma como se mide el PIB, tanto en México como en el resto del mundo. Si yo corto el césped de mi casa, mi actividad no aumenta el producto; pero si lo corta mi vecino, y le pago, sí hay un alza a pesar de que el resultado es el mismo. Aun así, el PIB sigue siendo la mejor medición disponible de la actividad económica y es un error no hacerle caso.

Cuando empezaron a bajar los indicadores de crecimiento el presidente afirmó que él tenía otros datos, diferentes a los del INEGI y Hacienda. Durante meses mantuvo que la economía registraría un avance de 2 por ciento en 2019. Al ver que esto era imposible, comenzó a decir que el crecimiento no era importante, sino el desarrollo, y que gracias a sus programas sociales México está teniendo por primera vez en mucho tiempo un verdadero desarrollo. El problema es que el crecimiento es una condición necesaria para el desarrollo.

Muchos indicadores señalan que la economía mexicana se ha estancado o ha empezado a contraerse. El INEGI publicó la cifra de venta de autos nuevos en octubre de 2019, 107,094 unidades, una caída de 8.9 por ciento sobre el mismo mes de 2018 y la cifra más baja para un mes de octubre desde 2014. El indicador coincidente del ciclo económico mostró un pequeño descenso de 0.05 puntos en agosto, pero el problema es que ha tenido caídas todos los meses desde septiembre de 2018.

 La inversión fija bruta se desplomó 9.1 por ciento anual en julio. El valor generado por la construcción cayó 10.2 por ciento anual en agosto mientras que el personal ocupado descendió 4.2 por ciento. El consumo privado no ha dejado de crecer, quizá por los programas sociales del gobierno, pero lo hizo sólo 1 por ciento anual en julio, lo cual es ya cercano al estancamiento.

No hay razón para pensar que la economía va muy bien. Es verdad que no estamos tan mal como en 1995, el primer año de Zedillo, o como en 2009, a la mitad del sexenio de Calderón, cuando la recesión internacional y la epidemia de influenza AH1N1 provocaron un desplome; pero, por lo pronto, el primer año de gobierno de López Obrador parece destinado a concluir con un estancamiento o con una ligera caída.

No tendría que ser así. México tiene un gran potencial económico, pero no puede haber crecimiento sin mayor inversión, especialmente en campos multiplicadores de actividad como la construcción. El presidente ha apostado a buscar acuerdos con los grandes empresarios, los cuales no son suficientes para generar una expansión. Los medianos y pequeños empresarios representan la mayor parte de la inversión y del empleo, pero muchos están asustados o no tienen confianza en el futuro de la economía nacional.

Los problemas no son hasta ahora irremontables. El presidente puede reducir las cargas burocráticas y quizá los impuestos, como lo ha hecho en la frontera norte con buenos resultados. Habrá quien diga que esta es una receta liberal, pero es mejor ser liberales que dejar caer al país caiga en recesión.