

El ritmo de la vida moderna nos mantiene en un estrés constante. Hasta cierto punto es tolerable y nos impulsa al movimiento, pero cuando lo rebasamos podemos caer en una cronicidad que nos llevará a enfermarnos.
El estrés puede ser producto de la falta de tiempo, de las pesadas jornadas laborales, de la carga de trabajo excesiva o de las responsabilidades adquiridas. Pero el estrés crónico puede ser consecuencia de una respuesta biológica y emocional a conflictos internos no gestionados de manera adecuada.
A la luz de la biodescodificación, el estrés es un mecanismo de supervivencia: cuando tu cerebro percibe una amenaza (ya sea real o simbólica: un animal agresivo o la fecha de entrega de un proyecto) entra en funcionamiento el sistema nervioso simpático, liberando una gran cantidad de cortisol y adrenalina, que te prepararán para la lucha o la huida, según sea la respuesta que ejecutes.
Biología total, pero ¿qué pasa si la amenaza que sientes es permanente? Tu cuerpo nunca se apaga y la liberación de hormonas tampoco. Aquí es donde el estrés se vuelve crónico. Y la mayoría de las veces es por situaciones emocionales que ni siquiera pasan, como la necesidad de controlar todo, obtener validación externa o el perfeccionismo, entre muchas otras.
Hay señales de que estamos en ese tipo de estrés, como el insomnio, la tensión muscular (especialmente en el cuello y la espalda), migrañas, problemas de colitis y gastritis o ansiedad. Es a través de los síntomas que el cuerpo nos reclama atención y rara vez les hacemos caso. El estrés crónico es la respuesta a las historias de miedo o conflicto que la mente se repite una y otra vez como disco rayado.
Para liberarte de esos síntomas debes aprender a descodificar el mensaje de tu cuerpo. Por ejemplo, si tienes ansiedad generalizada, el conflicto podría ser “no tengo control en mi vida”; si hay dolor de cuello, “cargo con demasiadas responsabilidades”; problemas estomacales, “no puedo digerir esta situación o emoción”.
Te comparto unos pasos para solucionar esto de manera sencilla (sin descartar la terapia para resolver de raíz los conflictos): primero, tienes que responder ¿qué me falta o me amenaza en este momento? Segundo, identificar el síntoma físico para entender qué te quiere decir; nombrar el síntoma te da la idea de cómo sanarlo: “mi mandíbula está apretada”, eso me indica no poder hablar sobre algo. ¿Qué necesito decir? Dale respuesta a esa pregunta.
Tercero, identifica la emoción detrás de esa respuesta, puede ser un miedo al juicio, a quedar mal, a ser rechazado o humillado. Ya que la identificaste, libérala, escríbela en un papel: “mi mandíbula está apretada porque mis opiniones no son tomadas en cuenta y me siento rechazado”. Como paso cuarto, escribe el permiso para ser, “me doy permiso para dar mi opinión y si no es tomada en cuenta, aun así, soy merecedor de amor y respeto”.
Finalmente, reescribe un modelo de pensamiento: “estoy a salvo. Mi valor no depende de mis resultados. Mi cuerpo puede relajarse porque la amenaza es una ilusión del pasado”. Acompáñalo con respiraciones tranquilas y relajadas.
El estrés crónico es una señal de tu cuerpo, préstale la debida atención para que puedas tener calidad de vida, pues te ayudará a detectar la creencia o la emoción que se debe transformar para liberarte de los síntomas. Y si necesitas más orientación, no dudes en buscar terapia.









