

El futbol mundial está cada vez más ligado a la ostentación y el dinero, y tampoco es una novedad que se mantenga como el rey del Olimpo de los grandes negocios deportivos.
Pese a todo, el futbol se les ha resistido a los Estados Unidos. Si bien siguen siendo una meca para los deportes convertidos en un espectáculo masivo, continúa en un proceso de inserción en la cultura americana y, por lo tanto, se ha transformado en una especie extraña de obsesión para quienes manejan los hilos de lo que ellos denominan soccer.
Esto no quiere decir que los americanos sean totalmente ajenos, ya que son una potencia en la rama femenil y es realmente un fenómeno en aquellas latitudes. El Mundial varonil del 2026, compartido con México y Canadá, es uno de los alicientes más grandes para insertar esta disciplina en sectores más amplios de la sociedad estadounidense moderna.
Si bien el evento es enorme, es sólo uno de los grandes esfuerzos que existen por promover este deporte entre más gente. El verdadero plan maestro es el impresionante despliegue que han hecho en su liga local: la Major League Soccer (MLS). Por sorprendente que parezca, esta es una de las más jóvenes del mundo.
El futbol profesional en Estados Unidos existió desde los años 60, sin embargo, la MLS tal como la conocemos arrancó a mediados de la década de los 90. Como la mayoría de los proyectos deportivos, en un inicio se estableció con un sistema de franquicias y una lista de potenciales equipos de expansión.
El surgimiento de la liga norteamericana vino impulsado por el Mundial de 1994. Fue el primer momento en el que Estados Unidos intentó mostrar su poderío en esta disciplina. Sin embargo, el brillo local sólo estuvo en la organización.
Para la federación norteamericana de futbol este fue el pistoletazo inicial para impulsar su gigantesco programa deportivo que consistía en explotar su liga, darle un fuerte impulso al talento local y poco a poco destacar en las competencias internacionales.
Ese proyecto ha sido y sigue siendo muy ambicioso. Está claro que para ellos el objetivo no sólo es brillar en la Copa del Mundo. Como la mayoría de las cosas hechas en territorio americano, el incentivo principal siempre tuvo forma de billetes.
La era moderna de la liga americana arrancó de forma extraoficial a mediados de los años 2000. Los primeros gastos titánicos aparecieron cuando una operación inesperada e inusual llevó a David Beckham de la cumbre del futbol europeo a convertirse en la figura internacional del equipo Los Ángeles Galaxy.
Ese movimiento buscaba traer miradas hacia la MLS y a la metodología americana del branding, el comercio y la organización de eventos masivos. Beckham tuvo un paso discreto, pero económicamente no pasó desapercibido. Y ahí arrancó la revolución del soccer.
Hoy en día, y haciendo una muy interesante y casi cinematográfica elipsis, Estados Unidos alojará una gran porción del Mundial. Para demostrar que tiene con qué hacerlo, se dio el lujo de albergar un nuevo modelo de clubes, exponiendo a su gente a una extraña competición entre equipos de todo el mundo.
La MLS tiene a la máxima figura en su liga. Lionel Messi está viviendo el ocaso de su carrera en el Inter de Miami, equipo del cual David Beckham es propietario. Cualquiera diría que el plan de esta liga se escribió en Hollywood.
Hay cosas que son irreales. Los americanos aún no se enamoran de esta disciplina. Su sistema de competencia es extraño y no tan atractivo. Pero la MLS tiene dos cosas para ofrecer: futbol y billetes.









