

No estamos frente a una generación que “no quiere tener hijos”, sino frente a una generación que tiene más dificultades para imaginar un futuro suficientemente estable como para decidir tenerlos.
Durante mucho tiempo, tener hijos parecía formar parte de un guión bastante definido de la vida adulta: terminar los estudios, conseguir un trabajo, formar una pareja, casarse y, eventualmente, tener hijos. No necesariamente porque todas las personas desearan seguir ese camino, sino porque socialmente se presentaba como una de las formas más esperadas de construir una vida adulta, al menos en México.
Pero ese guión ha empezado a modificarse con el paso de los años.
En México, la fecundidad ha disminuido de manera importante. De acuerdo con la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID), la tasa global de fecundidad pasó de
2.21 hijos por mujer en 2014, a 2.07 en 2018 y a 1.60 en 2023. Además, las tasas específicas de fecundidad disminuyeron entre 2014 y 2023 en los grupos de 15 a 19, 20 a 24, 25 a 29 y 30 a 34 años.
Los registros más recientes también muestran la magnitud del fenómeno: en 2015 el INEGI registró 2,353,596 nacimientos, mientras que en 2024 fueron 1,672,227. Eso representa 681,369 nacimientos registrados menos, una reducción aproximada de 29% en nueve años.
Pero detrás de estos números también existen preguntas que difícilmente pueden responderse únicamente desde la demografía, las cuales son:
¿No queremos tener hijos o cada vez nos cuesta más imaginar el futuro en el que los tendremos?
¿Qué está pasando con la manera en que las nuevas generaciones imaginan su futuro?
Actualmente para decidir si tener o no tener un hijo ya no basta con preguntarse si se desea o no ser madre o padre, la cuestión actual es si tengo las condiciones para poder serlo o en qué condiciones quiero hacerlo.
Las generaciones actuales ya no piensan solamente en una decisión que sea orientada al futuro, que sea el deber ser o la máxima muestra de realización de la vida en pareja.
Ya no se trata de imaginar solo los próximos meses, pensar en tu descendencia, en la romanización, de tener una mini versión de ti… Es pensar en años de cuidados, responsabilidades, cambios económicos, rutinas diferentes, cambios en las relaciones sociales, familia, amigos e incluso con la misma pareja, educación e incluso proyectos personales.
Por eso es que la percepción que las personas tienen sobre su futuro puede adquirir un papel tan importante.
Se han realizado estudios con jóvenes de 20 a 29 años en el estado de México donde se encontró que la incertidumbre y la inestabilidad percibidas influyen en la manera en que construyen su proyecto de vida. Señalando principalmente las dificultades para incorporarse al mercado laboral actualmente, decisiones como independizarse, casarse o tener hijos. Y aunque este estudio no permite afirmar que la incertidumbre sea la causa de la baja natalidad actual en México, sí permite observar algo psicológicamente relevante: cuando el futuro se percibe como inestable, planificar la vida a largo plazo puede resultar más difícil.
Y tener hijos es, probablemente, una de las decisiones que más dependen de esa capacidad para imaginar el futuro.
Pensamientos como:
“Primero quiero terminar mi carrera.”
“Primero quiero conseguir un trabajo estable.”
“Quiero independizarme y tener casa propia.”
“Quiero poder mantener a mi hijo.”
“Quiero disfrutar un poco antes, viajar, conocer.”
“Quiero tener seguridad de que puedo darle una buena vida.”
Frases así pueden sonar solo como únicamente metas económicas, sin embargo analizarlas detenidamente implican una dimensión más profunda que es “la necesidad de sentir cierta sensación de control y estabilidad antes de asumir responsabilidades permanentes”.
No es lo mismo pensar “quiero tener un hijo” cuando se percibe que existe un futuro relativamente predecible y estable porque las condiciones lo permitan más fácilmente, que hacerlo cuando ni siquiera se tiene certeza sobre dónde se vivirá, cuánto se ganará o si será posible conservar un empleo; De cualquier manera la incertidumbre no necesariamente elimina un deseo, en algunos casos, puede convertirlo en un “tal vez”, en un “más adelante” o en un “cuando las condiciones sean mejores”.
Otro punto importante es cuando: El proyecto de vida se transforma
En nuestra actualidad también ha cambiado aquello que las personas consideran necesario para sentirse realizadas, la maternidad y paternidad ya no ocupan el mismo nivel de significancia, como lo significó para generaciones anteriores.
Para algunos jóvenes tener hijos ya no forma parte de su proyecto de vida, en un contexto en el que se cuestionan las expectativas tradicionales de tener pareja, casarse y formar una familia.
Esto no significa que exista un único “proyecto de vida juvenil”. Por el contrario, actualmente pueden coexistir muchos proyectos diferentes como: desarrollar una carrera profesional, viajar, independizarse, estudiar más, emprender, cuidar a familiares, construir una relación de pareja o simplemente buscar estabilidad personal.
La maternidad o la paternidad pueden formar parte de esos proyectos, pero ya no necesariamente es una conclusión obligatoria de realización.
Entonces en este punto aparece una paradoja…
Actualmente tenemos más información que nunca de lo que implica criar a otro ser humano. Tenemos más acceso a información sobre desarrollo infantil, salud mental, estilos de crianza, necesidades emocionales, educación, apego y posibles consecuencias de determinadas prácticas parentales.
Y es precisamente que el conocimiento de todo esto hace más visible la magnitud de la responsabilidad que implica.
Ya no representa únicamente vestir, alimentar y brindar educación escolar; Es proporcionar seguridad emocional, establecer límites, acompañar su desarrollo, cuidar su salud mental y evitar reproducir experiencias negativas de nuestras propias vidas y la manera en que fuimos criados.
Por lo que llegamos otra pregunta interesante:
¿Estamos frente a una generación que no quiere tener hijos o ante una generación que es mucho más consciente de todo lo que implica tenerlos?
Probablemente ninguna de las dos explicaciones, por sí sola, sea suficiente.
Y aunque sería un error explicar la disminución de fecundidad en México con el solo hecho del miedo o la incertidumbre, existen transformaciones sociales, económicas, culturales y demográficas que también intervienen en todo el contexto. Las decisiones reproductivas están relacionadas con las condiciones laborales, la educación, el acceso a métodos anticonceptivos, las relaciones de pareja, las expectativas de género, la vivienda y muchos otros factores que intervienen.
Si lo vemos desde un punto psicológico, la psicología no puede explicar por sí sola la baja natalidad, pero sí puede ayudarnos a comprender cómo las personas interpretan las condiciones en las que viven y cómo esas interpretaciones participan en la toma de sus decisiones.
Entonces… la pregunta ya no es: ¿por qué las nuevas generaciones no quieren tener hijos?, sino: ¿que necesitan las personas para imaginar un futuro en el que tener hijos sea una posibilidad?
Porque quizá el cambio más profundo no está únicamente en el deseo de tener una familia, sino en la relación que tenemos con el futuro, en cómo las condiciones de vida lo dificultan o facilitan, en ¿qué estaré haciendo de mi propia vida? en semanas, en unos meses, en unos años… cuando no tenemos certeza de ello la mayoría del tiempo desde el contexto que nos rodea.
No se trata de decir que las personas deberían tener más hijos ni de considerar negativa la decisión de no tenerlos. Tener hijos o no tenerlos es una decisión profundamente personal.
Pero sí vale la pena preguntarnos qué hay detrás de decisiones que, tomadas individualmente, están transformando la estructura demográfica de todo un país.
Porque quizá no estamos solamente ante una generación que está dejando de querer o imaginar cómo sería ser madre o padre.
Quizá estamos ante una generación que, antes de imaginar a sus futuros hijos, necesita preguntarse primero:
¿Puedo imaginar el futuro que quiero para mí?









