

Hay preguntas que siempre nos rondan a lo largo de la vida y no sólo en términos personales, sino también en otros ámbitos. ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? ¿Es esta la decisión correcta? ¿Cómo saber qué hacer?
La política es un campo que no queda fuera de estas preguntas por el hecho de que somos las personas y nuestros sistemas sociales quienes interactuamos en la arena, tomamos decisiones, evaluamos contextos y circunstancias. Las interrogantes que están planteadas en el párrafo anterior son más de carácter moral; sin embargo, la moral y la política no pueden dividirse.
Las decisiones políticas son necesariamente morales y viceversa, porque en ellas se muestran las posturas que adoptamos, se reflejan nuestros sistemas de creencias y los caminos que recorremos para determinar los problemas y diseñar soluciones.
Hay principios y directrices morales que ayudan a discernir; el absolutismo, el realismo y el relativismo moral son ejemplos de ello. En los últimos años hemos navegado con la bandera del relativismo moral sin nombrarlo como tal, pero esta postura, en ciertas circunstancias, se vuelve insoportable.
Ceñir las conductas y las decisiones políticas a la flexibilidad moral no parece tan mala idea cuando se piensa en la diversidad de circunstancias y contextos con los que se opera y se interactúa de forma cotidiana; sin embargo, el problema viene cuando todo se tamiza con este principio.
Las diferencias en los sistemas culturales, políticos y morales, aunadas al relativismo moral, generan discordancias en cuanto a los diseños y ejecuciones de políticas que trascienden fronteras o que se piensan para diversos territorios. Si las concepciones sobre los principios no son las mismas o no empatan es sumamente complejo conseguir que la operación gubernamental y la política pública se den sin mayores contratiempos.
Es común que los dilemas y las discusiones sobre derechos humanos y soberanía de los Estados caigan en la balanza del relativismo y se mantengan ahí como en una especie de círculo vicioso. Actualmente podemos encontrar ejemplos de los riesgos que tiene regirse siempre bajo este principio, y se ve manifiesto en la opinión pública expresada a través de redes sociales en las discusiones de los eventos internacionales.
No hace mucho se discutía sobre las facultades de Estados Unidos para intervenir en Venezuela, y una buena parte de las personas que celebraron ese acto como heroico condenan las intervenciones de otros países en territorios distintos o incluso de Estados Unidos en otros momentos.
El relativismo moral es necesario en periodos clave de aplicabilidad de normas bajo ciertos contextos y parámetros culturales y sociales; sin embargo, pretender que ello nos permita cambiar de opinión sobre el mismo asunto resulta insoportable, pues nadie asume una postura sobre los temas en sí mismos, sino en cuanto a las circunstancias.
No forjarse una ideología sustentada en argumentos nos conduce a relativizar la justicia, los derechos humanos, la seguridad y a justificar actos de violencia, agresión, opresión y supremacía en nombre de “lo necesario”. Los principios de soberanía llegan a chocar con el intervencionismo tanto humanitario como político y la relatividad nos lleva a confundir el uno con el otro.









