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Jefes del pasado en oficinas del presente

Por: MMD. Christian Flores Pérez
Experto en dirección de ventas , marketing digital, consultor y speaker
www.linkedin.com/in/soycrismx/

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Hay oficinas que no necesitan una máquina del tiempo: basta con asomarse al escritorio del jefe para confirmar que viven en el pasado. Ahí está, con su mouse de bolita, su hoja impresa para firmar “de enterado” y un lenguaje corporal que grita: “yo aprendí a base de fregadazos, tú también puedes”. Nos referimos a los jefes de generaciones pasadas que aún dirigen equipos modernos sin entender que ya no se grita por teléfono ni se imprime todo en papel couché.

El problema no es la edad, es la mentalidad. Hay millennials con alma de boomers y centennials que creen merecer una gerencia por saber usar filtros de Instagram.

En pleno 2025 aún encontramos líderes que desprecian la tecnología como si fuera una moda pasajera. ¿CRM? ¿Automatización? ¿Firma digital? Prefieren hacer juntas eternas “para que quede claro”, como si PowerPoint no existiera. El equipo, mientras tanto, se debate entre traducir reportes a lenguaje vintage o soportar frases como “en mis tiempos, todo era mejor”. El resultado: una empresa con Wi-Fi de fibra óptica, pero con liderazgo a base de flan y amenazas pasivo-agresivas. ¡Yupi, yupi! ¿A poco no se percibe el sabroso aroma de la triste realidad mexicana?

Y no, no es que las nuevas generaciones sean perfectas. Hay jóvenes que parecen salidos de Disney Channel, que exigen “safe spaces” para no sentirse violentados por la retroalimentación directa. “Es disruptivo, es duro, sí, pero la vida no es un campo de bombones con fuentes de mermelada de fresa y chocolate”, diría cualquier persona con tres cierres de quincena a cuestas. En esta guerra de generaciones, los boomers piden respeto por antigüedad, los millennials exigen equilibrio emocional y los centennials están buscando el próximo TikTok viral o preguntan si el viernes pueden salir más temprano, pues “es cumpleaños del perro de su roomie”.

Lo más curioso es que en medio de la discusión, todos parecen tener razón… pero nadie obtiene resultados. El líder boomer insiste en imprimir la hoja de asistencia, el millennial ve TED Talks para saber cómo hablarle al becario que quiere trabajar desde Bali, sin romperle el ego. Y así, se reparten las culpas como si fueran rebanadas de pastel seco en un festejo de la oficina. La productividad se diluye en correos sin respuesta, juntas que pudieron ser un sticker y workflows que no fluyen ni con aceite.

En este entorno godín tan nuestro, los líderes del pasado no sólo frenan la innovación, también espantan al talento. El nuevo colaborador quiere aprender, pero no a usar un formato viejo. La causa es que muchas veces el jefe, que debería ser guía, termina siendo el primer obstáculo y no por mala persona, sino que se niega a soltar el control. Siente que, si no aprueba cada detalle, su poder se esfuma. Como si liderar fuera una especie de trinchera en vez de una red de apoyo.

A veces uno piensa: “¿es Disney o por qué tanta princesa?”. Pero otras, se da cuenta de que la sensibilidad no es el inconveniente. El verdadero problema es que nadie enseña a liderar entre generaciones, en un país donde lo digital convive con lo analógico, y una reunión puede ser presencial, híbrida o simplemente innecesaria. El líder nunca quedará bien con todos y si lo hace es señal de que no está liderando nada o a nadie.

Hoy más que nunca, las empresas mexicanas necesitan jefes con alma de guía, no de capataz. Que usen tecnología, pero también intuición. Que no teman ser firmes, pero tampoco humanos. Que entiendan que la autoridad no se impone con regaños, sino con resultados. Porque al final, como bien dice la frase: los triunfadores tienen mucha suerte… si no lo crees, pregúntale a un fracasado.

Y así, amigos, llegamos al final de mi colaboración, mis datos de contacto están al inicio del artículo. Recuerden que los quiero mucho y los quiero ver triunfar.

“El mejor líder es aquel que nadie sabe que es el líder”.

Lao Tsé