

No hace tanto las mujeres no podíamos votar, no teníamos posibilidades ni derecho de ir a la escuela, vestirnos según nuestro gusto o elegir nuestra vida de acuerdo con nuestros intereses.
También se nos olvida lo reciente que es la discusión sobre el género como una categoría social construida y no como una asignación biológica. Damos por sentadas las oportunidades, los logros en términos de derechos humanos, las sentencias que reconocen a las víctimas de delitos y las que permiten que otras voces tengan un espacio para ser escuchadas. Hasta que un día notamos que ya no se puede decir cualquier cosa, que en algunos lugares del mundo no es posible salir a la calle, no es permitido estudiar, vestirse como se quiera, elegir sobre el propio cuerpo y la propia vida.
Un día parece que el mundo se convirtió en una película que retrata momentos históricos que se creyeron superados, tensiones sociales que nos parecen absurdas y, sin embargo, aquí están presentes. Nos enfrentamos con el resurgimiento de los extremos, particularmente el de la derecha política, el sentido más conservador y autoritario –esto no significa que la renombrada izquierda no sea autoritaria, esto es sólo apuntar a una orilla de la línea para fines explicativos–.
Nos atoramos en una especie de bucle temporal, había comentado algo al respecto un par de ediciones atrás, esto no es sólo de 2025, son procesos que se han venido gestando (quizá desde 2020), el retroceso en la sentencia de Roe vs. Wade, que colocó el aborto como una posibilidad legal en Estados Unidos y que fue anulado en 2022, los discursos en las campañas políticas en diferentes espacios del mundo que rescatan la imagen “tradicional” de la familia, el exacerbado nacionalismo y la segregación de grupos minoritarios que ya habían ganado reconocimiento de otros.
En México, en los últimos años, ha sido creciente la preocupación de algunos colectivos de la sociedad civil por el aumento en los casos de violencia ante ciertos sectores que tienen baja representación, por ejemplo, las personas trans; esto en un contexto que parece abrir posibilidades a preguntarnos ¿qué significa la “conquista” de derechos si se pierde a cada momento porque hay “grupos” o personas que intervienen?
¿Cómo es posible que se apruebe el matrimonio entre personas del mismo sexo en algunos estados del país, y a la vez, una especie de ola de discriminación, violencia y desacreditación se alce desde los discursos de colectivos sociales y políticos de extrema derecha?
Es una pregunta retórica, pues la respuesta está en la misma realidad social, lo importante para rescatar es que no se trata de un evento aislado, hay algunos analistas y periodistas que apuntan a una tendencia global en este fenómeno y lo que se advierte es el riesgo.
¿Cuáles riesgos? A medida que los extremos ideológicos avanzan –y usualmente los que son de tinte conservador, menos tolerante y holístico– se acrecienta la posibilidad de “retroceder” en cuanto a acciones afirmativas, distorsionar los discursos para captar la atención de grupos no definidos ideológicamente, promover imaginarios que se estaban dejando atrás y generar la base movilizada para obstaculizar lo que, en términos de estos grupos, resulta contrario a lo tradicional, es decir, todo aquello que puede salirse del control establecido.
Entonces, convivimos con la realidad en la que existen países donde las mujeres no pueden mostrarse fuera de casa o expresar su opinión, y otros donde se pelea el hecho de estudiar y trabajar en condiciones equitativas. Existen espacios donde se legitima el derecho a elegir una identidad, y otros donde siquiera externarlo es una amenaza de muerte. Derechos que se habían ganado y adquirido están en peligro de perderse, algunos incluso ya lo han hecho.









