INICIO | CÁTEDRA
CÁTEDRA

¿Qué tipo de profesionistas se requieren dentro de una sociedad desarrollada?

Por: Julio Alberto Mendoza Mendoza
DCC, SNI 1 adscrito al IPN. Premio Nacional IMPI; cuenta con libros publicados en Corea del Sur y China
jamendozam@ipn.mx

Share This:

Existe un libro llamado 20 buenísimas razones para no leer nunca más, donde Pierre Ménard –el autor– expone una que dice lo siguiente: el que lee demasiado tiene poco tiempo para concretar o, en palabras más directas, demasiada teoría da lugar a poca práctica.

Bajo una lógica semejante, le indico a mis alumnos que ellos –como profesionales– deben poseer tres habilidades duras y comprobables, preferentemente con certificaciones: formato, contenido y estructura.

Lo primero está casado con seguir un contexto que puede ir desde usar un tipo particular de letra o interlineado hasta un uso puntual de palabras, colores y símbolos, lo cual va ligado a la presentación y el grado de formalidad; un buen ejemplo son las normas APA –que representan una pesadilla para muchos estudiantes–. Por otro lado, el contenido es el conocimiento o las destrezas profesionales que cada quien asimila en las aulas. Finalmente, la estructura es lo que cada gremio o tipo de público espera ver en una obra, así se domina una estandarización. En concreto, saber hacer, saber divulgar y respetar acuerdos y reglamentos.

La pregunta es: ¿en qué momento existe un abuso o carencia de estas tres competencias? Tener demasiada información es propio de un técnico en cualquier materia, al punto de ser incapaz de divulgar sus hallazgos o de adaptarse a las normativas; sin embargo, no tener preparación pone en riesgo inversiones, tiempos, vidas y trabajo.

Contar con una exagerada formalidad, como ocurre con muchas editoriales nacionales, es disponer de obras impecables en su presentación, pero vacías en su contenido; carecer de ella es poseer conocimiento inmanejable y poco atractivo.

El exceso de normas impide o condiciona el desarrollo de un conocimiento; tener carencia de ellas origina un caos y falta de entendimiento. Lograr un balance entre estas habilidades es deseable en un profesionista y demanda más rigor, labor y tiempo; en contraparte, se obtiene un producto, servicio, institución o personal de calidad.

De este modo, no es sorpresa que las grandes editoriales internacionales posean un revisor técnico, uno de estilo y otro de redacción; o que las oficinas de propiedad intelectual tengan cuando menos una revisión de forma y otra de contenido; o que actualmente la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI, antiguamente CONACYT), además de pedir la realización de obra científica de impacto gremial, nos exija a los investigadores su divulgación a la sociedad en general respetando reglamentos, convenios y objetivos de nuestra nación.

Por último, una cuarta habilidad debe agregarse si esperamos evolucionar como una sociedad de diseñadores y emprendedores que vayan más allá de la maquila y la dependencia extranjera: producción creativa, relacionada con las capacidades de innovar y competir. Dicha creación puede darse desde un prototipo y una tesis hasta un invento, una marca, un servicio, un proceso, un libro, un logotipo o una patente.

La habilidad de producción creativa hace la diferencia entre una sociedad de innovación y una de consumo. Si a estas capacidades les agregamos las habilidades blandas necesarias, entonces nos encontraremos ante profesionales de muy alto valor y una sociedad en verdadero crecimiento.