

Hubo momentos en mi trayectoria profesional en los que el trabajo dejó de tener sentido. No porque fuera malo, ni porque estuviera fallando, sino porque ya no encontraba propósito ni motivación en lo que hacía. Seguía cumpliendo, continuaba avanzando, pero algo dentro de mí se estaba apagando. Con el tiempo entendí que no era cansancio ni falta de disciplina: estaba peligrosamente cerca del resenteeism.
No me di cuenta de inmediato. El resentimiento no llega de golpe; se instala lentamente. Empieza cuando el esfuerzo deja de sentirse visto, cuando las oportunidades no llegan, cuando quedarse parece la única opción viable. Y sin notarlo, uno comienza a trabajar desde la obligación, no desde la convicción. Ese punto –cuando permanecer pesa más que renunciar– es donde hoy se encuentran muchas personas. A eso le llamamos resenteeism o resentismo laboral.
Quedarse sin querer estar
El término resenteeism surge en el contexto pospandemia para nombrar una realidad cada vez más visible: personas que permanecen en su empleo no por compromiso, sino por necesidad. La palabra combina resentment (resentimiento) y absenteeism (ausentismo), y describe a quienes están físicamente presentes, pero emocional y mentalmente desconectados. A diferencia del quiet quitting –en el que existe una decisión consciente de poner límites–, el resenteeism implica resentimiento activo, frustración acumulada y una sensación persistente de injusticia.
Este fenómeno se ha visto impulsado por la incertidumbre económica, el aumento del costo de vida y la distancia entre el discurso organizacional y la experiencia real del trabajo. Ha impactado de forma particular a generaciones jóvenes que entraron al mundo laboral buscando propósito, crecimiento y flexibilidad, y se encontraron con estructuras rígidas y pocas alternativas reales.
Cuando el resentimiento se vuelve cultura
Vivir en resenteeism implica sostener una contradicción constante: querer algo distinto, pero sentir que no es posible. Esa tensión prolongada tiene efectos claros en la salud mental. El estrés se vuelve crónico, el burnout se profundiza y aparecen la irritabilidad, la ansiedad y la desmotivación. Con el tiempo, el malestar se normaliza y la persona aprende a operar desde la resignación.
En las organizaciones, este estado rara vez se queda en lo individual. El resentimiento se filtra en las conversaciones, debilita la colaboración y erosiona la confianza. La cultura se vuelve pesada, reactiva y poco innovadora, con impactos directos en la rotación, el clima laboral y los resultados del negocio.
Cómo desactivar el resentimiento en el trabajo
Abordar el resenteeism implica revisar la experiencia cotidiana de las personas en el trabajo:
Hoy puedo mirar ese momento con más claridad. Reconocer cuándo el trabajo dejó de tener sentido fue clave para no quedarme atrapada. No todas las personas pueden irse si algo deja de funcionar, pero todas merecen trabajar en espacios donde quedarse no implique resentirse.
El resenteeism es una señal de alerta sobre cómo se está viviendo el trabajo. Detectarlo a tiempo –en lo personal y en las organizaciones– permite corregir el rumbo antes de que el desgaste se vuelva permanente. Porque cuando el trabajo deja de conectar con lo que somos, el costo es mucho más alto de lo que parece.









