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ECONOMÍA

La diplomacia de los pasillos marítimos: la batalla silenciosa por el control de las rutas de cableado submarino

Por: DA. José Ramón Álvarez González
Desarrollador de negocios, especialista en Comercio Exterior y Logística
ramonalvarezslp@gmail.com

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Pocas personas lo saben, pero bajo la superficie de los océanos descansa la verdadera columna vertebral de nuestro mundo digital. No son satélites ni antenas: son más de 530 cables submarinos que llevan el 95% del tráfico de internet y las llamadas internacionales. Algunos son más delgados que una manguera de jardín, pero por ellos pasan transacciones financieras por billones de dólares al día, mensajes de gobiernos y comunicaciones militares. A pesar de todo eso, su protección es casi ridícula comparada con su importancia. Y mientras nadie les presta atención en los noticieros, en los despachos diplomáticos y las agencias de inteligencia hay una pelea feroz por controlar quién pone esos cables, por dónde pasan y, sobre todo, quién podría cortarlos.

Las rutas de los cables no son casuales: cuentan la historia de quién manda en cada época. Durante décadas, fueron los consorcios angloestadounidenses como AT&T o British Telecom los que dominaron el juego, decidiendo los puntos de aterrizaje (esas estaciones costeras desde donde los cables salen del agua) y con eso, la capacidad de espiar señales, algo que después confirmó Snowden en 2013. Pero China llegó para mover el tablero. A través de HMN Technologies (Hercules Tanker Management), se ha convertido en uno de los grandes constructores de cables del mundo, sobre todo en África, el Sudeste Asiático y América Latina. Y claro, Estados Unidos no se queda quieto: con el programa Clean Network primero y las restricciones que siguieron con el entonces presidente Biden, ha presionado para que las empresas chinas no toquen ni un cable que conecte suelo estadounidense o el de sus aliados más cercanos.

En octubre de 2023, dos cables en el mar Báltico aparecieron dañados. Todo apunta a sabotaje, pero como están en aguas internacionales sin vigilancia, es casi imposible señalar a un responsable. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha visto cómo buques rusos merodean cerca de cables clave en el Atlántico Norte, no sólo para cortarlos, sino también para espiar en los puntos de amplificación sin dejar rastro. Mientras tanto, en el Indo-Pacífico la pelea es por islas como Palau o Papúa Nueva Guinea: Washington y Pekín se disputan quién construye y opera sus cables submarinos. El cable PEACE (Pakistán, East Africa, Connecting Europe) con participación china es un ejemplo de cómo la infraestructura digital se convierte en un arma geopolítica. Controlar un punto de aterrizaje es tener una llave maestra para acceder a todo el tráfico que pasa por ahí.

Los puntos de aterrizaje se han vuelto oro puro. Estados Unidos los bloquea con su comité de inversión extranjera; la Unión Europea apenas en 2023 sacó su primera estrategia común. México, sin hacer mucho ruido, se ha vuelto clave: Mazatlán, Puerto Vallarta, Cancún y Progreso son puntos de llegada de cables que conectan a EE.UU. con Centro y Sudamérica. Pero el país no tiene una estrategia para protegerlos, y la creciente inversión china en telecomunicaciones lo pone en medio de las presiones de Washington. La redundancia (tener rutas alternativas) es prioridad para muchos, pero un cable nuevo cuesta entre 100 y 500 millones de dólares. Ahí los chinos tienen ventaja: ofrecen financiamiento barato, y aunque muchos gobiernos del Sur Global saben los riesgos, les cuesta decir que no.

Las reglas internacionales sobre cables submarinos son de 1982, de la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar. Hablan de protegerlos, pero sin vigilancia real ni voluntad política, es papel mojado. La OTAN, la UE y el G7 han metido el tema, pero todo va demasiado lento. Todavía no existe un tratado específico para protegerlos, y eso es una bomba de tiempo. Porque los cables son lo más frágil y lo más poderoso a la vez: un ancla, un sabotaje o un terremoto los pueden romper, y las consecuencias serían enormes. La batalla por controlarlos es una pelea por quién moldea la realidad de un mundo conectado. Mientras las grandes potencias luchan en silencio en el fondo del mar, la diplomacia del siglo XXI se juega ahí abajo, no sólo en los salones elegantes. Allí, en la oscuridad y a miles de metros de profundidad, se define quién tiene la última palabra en el tablero digital del planeta.