Domingo, 25 de Agosto de 2019
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La época de oro del cine mexicano

Por: Esteban Cortés Sánchez
Compositor de música para cine y director de ensambles
lecscorp@yahoo.com.mx

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Se establece comúnmente que esta época de oro comenzó con el estreno de Allá en el Rancho Grande, dirigida por Fernando de Fuentes y protagonizada por Tito Guízar y Esther Fernández en 1936. Dicha cinta consiguió un éxito considerable no solo en el territorio nacional sino también fuera de este, siendo su mayor logro el premio a mejor fotografía en el festival de Venecia en 1938. Habiendo establecido nuestro “punto de partida” vale la pena recordar el contexto de ese tiempo. El mundo estaba por entrar en lo que sería el conflicto bélico más grande de la historia; de los dos lados del Atlántico los esfuerzos de guerra eran patentes, un panorama en el que México, al menos en ese instante, no quería entrar.

Nuestro país vivía su propio tiempo de cambio. La Revolución Mexicana era un período del que apenas se estaba saliendo y la mayor parte de nuestra fuerza de trabajo aún se concentraba en el campo. Estados Unidos se preparaba para entrar al conflicto que se desarrollaba en Europa y su maquinaria de guerra requería el desvío de muchos de los recursos a su alcance incluyendo por supuesto aquellos que se utilizaban en la producción cinematográfica.

España recién salía de su guerra civil y Argentina, país que podría haber competido en producción cinematográfica, sufría un boicot por parte de EUA por su evidente simpatía hacía las potencias del Eje: Alemania, Japón e Italia. El cine nacional mexicano tuvo sin lugar a dudas un buen “arranque”, uno que luego fue apoyado por EUA pues al no poder mantener su producción promedio de películas vio en México (por las razones que ya vimos) al candidato perfecto para mantener cierto control sobre la industria en Latinoamérica. Nuestro país recibió tanto asesoría técnica como inversión directa y como resultado, el cine mexicano vivió un boom que nos marcó como pueblo, y para muestra el hecho de que le dio al mundo el clásico estereotipo del mexicano, ese personaje de sombrero y bigote que personificaron tan bien actores como Jorge Negrete o Pedro Armendáriz.

Con todos los apoyos a la orden del día, lo que faltaba era algo que contar y eso lo había de sobra. México pasaba de una sociedad agrícola a una industrial, lo que llevó consigo una gran migración de los pequeños pueblos a las grandes ciudades y el cine, como desde siempre lo ha hecho, fue una fotografía fiel de ese cambio en la sociedad del país.

En un principio lo que predominaba eran las historias que transcurrían en los pequeños pueblos, en las rancherías como la ya antes mencionada Allá en el Rancho Grande; pronto aparecerían las adaptaciones de grandes obras de la literatura clásica en las salas de cine (que de paso, no pagaban regalías) para más tarde adoptar un rasgo característico de este cine: su alto contenido moral. La historia de la jovencita ingenua que es obligada por las circunstancias a ser parte de una vida pecaminosa en pos de sobrevivir para al final de la historia encontrar la redención en los brazos del amor es algo muy recurrente.

No es de extrañarse, como ya mencioné, México estaba encontrándose con la modernidad y los valores tradicionales que tanto se exaltaban en los pequeños pueblos de provincia chocaban con la intensa vida de la gran urbe, choque que se puede ver en cintas como Doña Perfecta o Una Familia de Tantas. Este cine también exaltó las virtudes de la pobreza con películas como Nosotros los Pobres, Ustedes los Ricos o El Gran Calavera, historias donde se ponía de manifiesto la bondad inherente a la precariedad económica; después de todo, “de los pobres será el reino de los cielos”.

Con el término de la Segunda Guerra comenzó el fin de la época dorada. Las inversiones regresaron a su lugar de origen, así como los recursos técnicos; pleitos sindicales eventualmente llevaron a situaciones tan drásticas como cerrar las puertas a nuevos talentos (en especial directores) y más adelante a que el gobierno tomara control de la industria, algo que llevó a nuestro cine al lamentable estado en el que se encontró más tarde, en la década de los 70 y 80.

Se puede decir que la época de oro del cine mexicano acabó de manera simbólica el 15 de abril de 1957, día en que murió su máximo exponente, Pedro Infante, en un accidente aéreo. Tanta es su fuerza que aunque muchos de nosotros no lo vivimos de primera mano, sentimos esa época, ese cine, más nuestro que muchas películas que se producen hoy en día. Para muchos de los que crecimos viendo estas cintas rodeados de nuestra familia sin lugar a dudas este es el verdadero México de mis Recuerdos.