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CIENCIA Y TECNOLOGÍA

¿Seres perfectos? Lo que dice la ciencia sobre los humanos

Por: LCC. Gabriel Moreno Rodríguez
Productor; académico en el ITESM; director de noticias; analista en temas de tecnología y CEO
@gabofanfare

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En la antigüedad, filósofos como Aristóteles consideraban que los humanos como especie ocupábamos la cima de la cadena de los seres (scala naturae), pues se pensaba que la capacidad de razonamiento nos otorgaba el título de especie perfecta.

La misma percepción dominó gran parte del pensamiento occidental. Los artistas del Renacimiento dibujaban con elegancia nuestros cuerpos y describían con la misma brillantez nuestra mente. Religiones como el cristianismo definían a los humanos como la creación perfecta de Dios, la cúspide del desarrollo natural.

Todos hemos visto en algún momento esa ilustración donde aparece una progresión de nuestros antepasados homínidos hasta llegar a lo que somos actualmente: el Homo sapiens sapiens.

Es fácil pensar que la evolución, como proceso de selección natural, tiene una tendencia hacia la adaptabilidad y la supervivencia del más fuerte. Sin embargo, vale la pena cuestionarnos: si somos la cúspide de la evolución, ¿por qué no hay más especies como nosotros?

La mayoría de las personas percibe la evolución de una especie como una línea recta; sin embargo, el proceso está lejos de eso. En muchos casos, es una maraña de “experimentos” orientados a encontrar soluciones prácticas para problemas reales en el ambiente.

El ejemplo más claro puede observarse en las bacterias. Su evolución y sus cambios están estrechamente ligados al ambiente en donde habitan: cuando enfrentan un nuevo problema, como la presencia de un antibiótico, activan su motor evolutivo para desarrollar resistencia al medicamento, llegando al punto de soportar muchas variantes de la penicilina.

Si analizamos la historia, nuestros ancestros siguieron caminos erráticos: había especies con brazos largos y fuertes, diversas alturas, cráneos compactos y posturas poco erguidas. Podríamos pensar que la permanencia de nuestra especie demuestra que fuimos la culminación de esa maraña evolutiva, pero la realidad es más compleja.

Con cada paso hacia la adaptabilidad surgieron nuevos problemas. Cuando los cráneos crecieron para darle espacio a cerebros más grande, las bocas quedaron sin suficiente espacio para albergar todos los dientes, originando el problema de las muelas del juicio. Cuando nuestros ancestros comenzaron a caminar en dos extremidades, muchos huesos se adaptaron, pero la columna no lo hizo al mismo ritmo. Lo que en muchos simios era un arco, en los humanos tuvo que convertirse en una especie de “S” para sostener el peso y brindar balance sobre dos piernas. ¿El conflicto? Toda esa presión recae en la parte baja de la columna y, con el paso de los años, se atrofia.

La pelvis no ha evolucionado en más de 200 mil años y, para las mujeres, esto ha supuesto un reto importante en los trabajos de parto. Las dimensiones de dicha parte del cuerpo hacen que el índice de mortalidad pueda elevarse tanto para la madre como para el bebé.

Las células fotorreceptoras en la retina funcionan como “micrófonos” orientados hacia atrás, escribe Nathan Lents, profesor asociado de biología molecular en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Este diseño obliga a la luz a recorrer toda la longitud de cada célula y atravesar sangre y tejido antes de alcanzar el receptor ubicado en la parte posterior. Esta configuración favorece el desprendimiento de retina, una de las principales causas de ceguera. También crea un punto ciego donde las fibras celulares convergen en el nervio óptico, obligando al cerebro a "rellenar" ese vacío de información.

Sin profundizar en temas como las rodillas, las arterias e incluso el funcionamiento de las células, queda claro que nuestra especie está lejos de ser perfecta. ¿Y qué hay del pensamiento abstracto y del uso del lenguaje? Si bien son herramientas cruciales para la consolidación de los humanos en el planeta, lo cierto es que, si observamos la naturaleza, no existen evidencias de que otras especies tengan prisa por desarrollar los mismos rasgos. Así que, al menos desde la biología, tan perfectos no somos.