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La guerra global contra la “ideología de género”: alianzas inesperadas

Por: MA. Clara Franco Yáñez
Master en Asuntos Internacionales, por el Instituto de Posgrados en Estudios Internacionales y del Desarrollo en Ginebra, Suiza
clara.franco@graduateinstitute.ch

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Hay una expresión que se volvió omnipresente en discursos políticos de varios continentes y que, hace apenas diez o quince años, casi no existía en el vocabulario público: “ideología de género”. La usan políticos de extrema derecha en Europa, pastores neopentecostales en Brasil, funcionarios del gobierno argentino y legisladores en Hungría. Se ha convertido en una especie de comodín retórico: sirve para oponerse a la educación sexual, al lenguaje inclusivo, al matrimonio igualitario, a las políticas de paridad, a la existencia de personas trans. ¿Pero qué es exactamente lo que combaten? ¿Cómo es que actores tan distintos terminaron usando el mismo libreto?

Lo primero que llama la atención es la alianza. El catolicismo tradicional y los movimientos evangélicos se han disputado fieles en Latinoamérica con rivalidad feroz. Sin embargo, cuando se trata de frenar lo que perciben como amenazas a la familia “natural”, se sientan en la misma mesa. En Argentina, la victoria de Milei fue impulsada en parte por pastores evangélicos que coordinaron campañas en barrios populares; ya en el poder, eliminó el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, prohibió el lenguaje inclusivo en la administración pública y retiró contenidos de educación sexual de plataformas oficiales. En Hungría, Orbán aprobó reformas constitucionales que definen el sexo como un dato biológico inmutable y prohíben manifestaciones por derechos LGBTIQ+. En Italia, proyectos educativos sobre identidad de género enfrentan bloqueos políticos. En varios países de Europa se han promulgado o propuesto leyes contra la “propaganda LGBT”, criminalizando la visibilidad. El patrón se repite con variantes locales, con un guion similar.

Y aquí es donde el fenómeno se vuelve paradójico. Muchos de estos mismos movimientos, particularmente los europeos, justifican su rechazo a la inmigración musulmana en nombre de “valores occidentales”: la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad sexual, la laicidad. Dicen defender a “nuestras mujeres” frente a culturas patriarcales. Pero, al mismo tiempo, atacan las políticas de igualdad de género dentro de sus propias sociedades, promueven roles tradicionales para las mujeres y buscan revertir conquistas feministas de décadas. La investigación académica lo ha documentado con claridad: la extrema derecha instrumentaliza el feminismo contra el islam, pero mantiene una agenda patriarcal dura “hacia adentro”. No defienden la igualdad; defienden una jerarquía que les resulta cómoda, y usando la retórica igualitaria sólo cuando es favorable y cuando apunta hacia afuera.

Conviene no caer en la simplificación inversa. No todo el que cuestiona ciertos excesos del activismo de género es un fundamentalista disfrazado. Hay debates legítimos sobre los límites de la intervención médica en menores, la relación entre sexo biológico y categorías legales, o si ciertas políticas públicas realmente mejoran la vida de las mujeres o sólo aportan burocracia. Lo problemático no es que esas preguntas existan –porque son necesarias en cualquier democracia–, sino que se han vuelto imposibles de hacer sin quedar automáticamente clasificado en un bando, señalado como “rancio” o “antiderechos”. La polarización convierte cualquier matiz en sospecha.

Lo que me parece inquietante no es tanto el contenido de cada postura particular, sino la estructura global del fenómeno. Organizaciones con sede en Estados Unidos financian campañas antigénero en África y América Latina. Redes católicas ultraconservadoras coordinan estrategias legislativas entre Budapest, Bogotá y Buenos Aires. Hay think tanks, dinero y una logística sofisticada detrás de lo que a veces parece espontáneo. ¿Es realmente orgánico entonces? No estamos ante reacciones locales aisladas, sino ante un movimiento internacional con recursos y planificación: exactamente igual que el activismo progresista al que dicen oponerse. Ambos bandos operan de forma transnacional; la diferencia es que uno se presenta como “orgánico” y el otro como “agenda”.

¿Hacia dónde va esto? Difícil saberlo. Lo que sí parece claro es que el concepto de “ideología de género” funciona menos como una categoría analítica y más como un dispositivo emocional: activa miedos, simplifica enemigos y permite construir coaliciones improbables entre actores que, en cualquier otro tema, no se soportarían. Quizá lo más revelador de todo sea eso: que la política contemporánea ya no se organiza tanto por lo que se defiende, sino por lo que se rechaza. Y pocas cosas unen más que un enemigo compartido, aunque nadie se ponga de acuerdo en qué es, exactamente, lo que representa.