Viernes, 20 de Octubre de 2017
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ARTE Y CULTURA

La Muerte que nos llena y que nos lleva

Por: Mtro. Carlos R. C. Tapia Alvarado
Historiador egresado de la UNAM y Mtro. en Historia del Arte egresado de la EESCHA. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la UASLP, UCEM, CASLP, Motolinia.
@tapiawho

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La muerte (¿o tendremos que escribir La Muerte, a manera de respetuosa mención?) es una entidad tremenda y horrífica. Es nuestra sombra, nuestro memento vitalicio. Es también, y tan del gusto de los folkloristas apolillados, un gran cliché, un lugar común, un tópico de la cultura mexicana. “¡Los mexicanos nos reímos de la muerte, porque somos muy machos!”. Sí, lo sabemos, y es por eso que en los últimos sexenios hay una cantidad verdaderamente espeluznante de muertos. ¡Sí que le echamos ganas! Pero también la Muerte ha sido pensada, reflexionada y percibida por una serie de personajes que sintieron la urgencia de proyectarse hacia el firmamento, y decidieron hacerlo por medio de la poesía, quizá la más noble de las artes literarias. Estos hombres se reunieron y decidieron autonombrarse “Los Contemporáneos”. Es posible que sea ocioso recordar sus nombres, pero si lo hacemos es porque nos merecen la admiración, el agradecimiento y el gozo eternos. El núcleo fundamental está formado por José Gorostiza, Salvador Novo, Gilberto Owen, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Bernardo Ortiz de Montellano y Jaime Torres Bodet. Su aparición en el mundo literario se dio durante los años 20 y 30 del siglo XX, en plena ebullición de la cultura postrevolucionaria. La presencia de la muerte ha sido constante en el mundo hispánico desde hace siglos. Recordemos, por lo pronto, los poemas morales de Don Francisco de Quevedo para saber qué tanto ha obsesionado la figura de la Calaca a poetas y literatos. Pero la transfiguración de la muerte en palabra es como una suerte de hechizo que la invoca para poseerla mediante la poesía, para mirarla de cerca, para jugar con ella, y también para refrendar el profundo respeto hacia su omnipresencia. Sus cotilleos con la Flaca son personales, a veces llenos de un lirismo enteramente moderno, a veces mediante cierto barroquismo anarquizante, a veces mediante la meditación filosófica.

Jaime Torres Bodet, en su soneto intitulado “Muerte”, escribió en los dos últimos versos del terceto final:

Nada me matará Muerte tan lenta

Sino el ser que, por dentro, me devora.

Aquí, la Muerte se manifiesta, no como algo externo al ser humano, sino como algo que crece desde dentro, arraigado desde el principio de los tiempos, tal y como también lo decía Quevedo: el cuerpo, con el tiempo, se convierte en tumba. Una imagen más grata es la que ofrece Bernardo Ortiz de Montellano, para quien el simple sueño constituía la muerte:

En el sueño,

es la muerte,

otro mundo de mágicas esencias

que habito cuando duermo,

sin movimiento acaso, sin el cuerpo,

al goce de existir, esencia pura

de una esencia invisible, ajena al río,

al fruto, al pez, al mineral,

a las cosas que mueren o duran.

Esta Muerte proviene más de la interiorización del alma que del espanto que causa el último aliento. Es una muerte humana, tranquilizadora, más pensada como alivio cotidiano que como castigo divino.

En otros poetas, La Muerte, o se convierte en un hondo pesar existencial, o se transforma en materia de reflexión filosófica. En el primer caso, la maestría consumada de Xavier Villaurrutia se resuelve en la perenne angustia ante la fría y constante presencia, y sus poemas contenidos en Nostalgia de la muerte (1938) son muestra palpable de cuán presente estaba en la mente y en el corazón del poeta la figura de la Postrera Dama. En el “Nocturno en que habla la Muerte” (del cual transcribimos un fragmento) Villaurrutia se convierte en el transmisor de su voz:

"Aquí estoy.

Te he seguido como la sombra

que no es posible dejar así nomás en casa;

como un poco de aire cálido e invisible

mezclado al aire duro y frío que respiras; 

como el recuerdo de lo que más quieres; 

como el olvido, sí, como el olvido 

que has dejado caer sobre las cosas 

que no quisieras recordar ahora. 

Y es inútil que vuelvas la cabeza en mi busca: 

estoy tan cerca que no puedes verme, 

estoy fuera de ti y a un tiempo dentro”. 

La presencia existencial de la muerte obsesionó a Villaurrutia, y eso le permitió generar una de las obras poéticas más intensas y originales de la literatura mexicana.

Pero en el nivel filosófico, cuando se tiene la intención (para algunos fallida) de crear una Obra de Arte, se tiene que mencionar el poderoso poema de largo aliento, Muerte sin fin, de José Gorostiza. Ríos de tinta se han escrito sobre esta maravilla y múltiples han sido las interpretaciones, aunque, como en alguna ocasión escribió Salvador Elizondo: “no hay nada más inútil que tratar de interpretar un poema”. Ese privilegio corresponde únicamente al lector, aunque se tiene que reconocer que la guía de los sabios a veces ayuda a introducirse a este tipo de obras. Desde el principio nos encontramos con estos magníficos versos: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis/por un dios inasible que me ahoga…”, que nos conducirán a la espeluznante toma de conciencia, ésa que nos permite concebir lo eterno, sabiendo al mismo tiempo que somos mortales y que la Muerte nos finiquita. Los versos con los que encabeza el desarrollo de esta idea, son igualmente conocidos por su portento: “¡Oh inteligencia, soledad en llamas/que todo lo concibe sin crearlo!”. El poema de Gorostiza es una gran muestra de otro acercamiento hacia lo que significa la Muerte, ése que sólo se puede dar desde la plataforma de una filosofía que bebe de Kierkegaard y de la angustia de la existencia. Pero el poema finaliza, tiene que terminar, como un buen mexicano lo haría, con una declaración de amor a esa Muerte Catrina, la misma que plasmó Posadas y que Rivera dará su color definitivo:

Desde mis ojos insomnes

mi muerte me está acechando,

me acecha, sí, me enamora

con su ojo lánguido.

¡Anda, putilla del rubor helado,

anda, vámonos al diablo!

La presencia de la Muerte en nuestra cultura, el hecho de rendirle culto a nuestros muertos en fechas especiales, nos permite acercarnos a nuestro dolor, ya que la muerte, como sabemos, es una realidad de los vivos, que la sufren. Pero los muertos, los poetas muertos, los que ya conocieron la otra orilla, dejan su recuerdo a través de sus obras, y en éstas vemos, finalmente, el guiño del que pudo vencerla, por lo menos, hasta que los tiempos se acaben.

Lecturas recomendadas:

-Gorostiza, José, Poesía, México, FCE, 2004 (letras mexicanas)

-Novo, Salvador, Poesía, México, FCE, 1994 (letras mexicanas)

-Ortiz de Montellano, Bernardo, Raíces del sueño, México, CONACULTA, 1990

 (Lecturas Mexicanas, Tercera Serie, 17)

-Owen, Gilberto, Obras, pról. Alí Chumacero, México, FCE, 1996 (letras mexicanas)

-Torres Bodet, Jaime, Destierro y otros poemas en la sombra, México,CONACULTA,

 2000 (Lecturas mexicanas, Cuarta Serie)

-Villaurrutia, Xavier, Nostalgia de la muerte. Poemas y teatro. México, FCE, 2006

 (Tezontle)