

"Contra cada padecimiento crece una planta",
frase atribuida a Paracelso.
Recuerdo muy bien de niña que, en ocasiones, cuando comentaba con mis papás tener dolor abdominal, si no parecía ser complicación mayor, me llevaban con mi abuela, quien me realizaba unos masajes con manteca de cerdo y me preparaba un té de estafiate (Artemisia ludoviciana), planta de la medicina tradicional mexicana utilizada para el tratamiento de molestias estomacales como cólicos y diarrea; logrando muchas veces mi mejoría, pero he de mencionar que cuando consideraban que era algo grave, no retrasaban la consulta con el médico pediatra.
Seguramente muchos de nosotros hemos recurrido a algún té o terapia alternativa para tratar malestares, pues es parte de nuestra cultura y herencia de los pueblos prehispánicos, pero sabemos que esto no es sólo tradición en México, sino en el mundo entero. La medicina científica actual tuvo sus orígenes en las prácticas de los pueblos antiguos que evolucionaron con los avances de la ciencia y, de hecho, la Organización Mundial de la Salud cuenta con el reporte de 170 naciones con práctica de la medicina tradicional y los porcentajes de uso como forma complementaria van desde un 40 % en países como Colombia, Estados Unidos y Francia hasta un 80 % en los africanos.
¿Qué es la medicina tradicional? Se ha definido como la suma de los conocimientos, habilidades y prácticas basadas en las teorías, creencias y experiencias indígenas de diferentes culturas, explicables o no, que se utilizan en el mantenimiento de la salud y la prevención, el diagnóstico, la mejora o el tratamiento de enfermedades físicas y mentales. De tal forma que, al ser parte de nuestra cultura, más que negarla o prohibirla, debemos aprovechar su contribución al bienestar de la población y promover una utilización segura y eficaz. Y es que, incluso para las comunidades con carencias en el acceso a los servicios de salud, esta sigue siendo su primera opción de atención, no sólo por disponibilidad física, sino también de comunicación y por ser asequible culturalmente.
Ahora bien, ¿por qué es importante hablar de ella? Pues aun cuando muchos de los medicamentos actuales tienen su origen en la herbolaria –como la aspirina que deriva de una molécula extraída de la corteza del sauce o el principio de tratar a los bebés con fototerapia para la ictericia originada por la elevación de la bilirrubina en sangre y que tradicionalmente se recomendaba tratar con baños de sol– cuestiones como su eficacia, seguridad, calidad o interacciones medicamentosas no se conocen con exactitud.
Por lo que la recomendación es que, si bien las terapias tradicionales podrían ser complementarias, antes de emplear alguna, se sugiere consultar a un doctor para saber sobre sus posibles efectos y si interfiere o no con medicamentos; así como ser cuidadosos con las sustancias comercializadas como beneficiosas para curar múltiples afecciones, comúnmente conocidas como “milagrosas”, o que se vendan empaquetadas y etiquetadas argumentando seguridad en su uso, pero sin contar con sellos o avales de autoridades sanitarias reguladoras.
Y, finalmente, apoyarse con un equipo médico, idealmente multidisciplinario, que pueda orientarnos en el uso de una terapia integral, si es lo que se busca, puntualizando los riesgos y los beneficios, partiendo de los cuatro principios bioéticos de autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia; lo primero desde el derecho a tomar elecciones conscientes y bien informadas; lo segundo que aquello que se utilice nos haga el menor daño; lo tercero que se tengan elementos que puedan ayudarnos; y lo cuarto es que se hable con la verdad sobre su efectividad, además de lo que implicará la inversión económica y en tiempo en ello; todo lo anterior con el objetivo de que las personas puedan tomar decisiones lo más certeras y orientadas a promover o recuperar la salud.









