

Durante siglos, los economistas han debatido si el mercado debe ser guiado o liberado. Hoy, sin embargo, la economía ya no espera permiso. Mientras los gobiernos discuten regulaciones, impuestos y controles cambiarios, millones de actores que van desde pequeños comerciantes en la frontera colombo-venezolana hasta consorcios energéticos rusos, están construyendo formas de intercambio espontáneo, descentralizado y, en muchos casos, más eficientes que las oficiales.
Esta no es sólo la era de las economías clandestinas, es un tiempo en el que el libre mercado se impone por la fuerza de la necesidad, no por decreto ideológico. Esta imposición se hace fuera del radar estatal, no por deseo de evadir la ley, sino porque la ley ha distorsionado tanto el juego económico que la clandestinidad se convierte en la única vía de supervivencia o prosperidad.
La evidencia es contundente: donde hay alta presión fiscal, controles de cambio, barreras arancelarias o burocracia asfixiante, la economía informal no sólo crece, sino que se sofistica. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI, 2024), los países con tasas impositivas efectivas superiores al 45% y regulaciones cambiarias estrictas ven su economía sumergida expandirse hasta un 60% del empleo total. Dentro de esta racionalidad mercantil, es lógico que, si el costo de cumplir con el Estado supera el beneficio de operar formalmente, los agentes eligen la eficiencia sobre la legalidad. El surgimiento de mercados paralelos con sus propios precios, monedas, canales logísticos y hasta sistemas de crédito, permiten transacciones sin intervención gubernamental, un libre mercado real con estabilidad, predictibilidad y baja fricción… algo que el Estado ha fallado en ofrecer.
En este contexto, destaca la figura de Javier Milei, en Argentina, una respuesta coherente a una emergencia estructural. Tras décadas de intervencionismo, cepos cambiarios, emisión monetaria descontrolada y una economía informal que supera el 45% del empleo, Milei propuso algo revolucionario: desmontar las barreras que obligan a los argentinos a vivir en la sombra. Sin debates ni tiempos perdidos, la dolarización y la eliminación de retenciones, una reducción del gasto público considerable y apertura comercial que no busca imponer un mercado libre desde arriba, sino dejar de impedir que el mercado libre surja desde abajo, hacen que la teoría de la regulación del mercado tenga sentido y comprobación. Ante estos cambios, de acuerdo con el Banco Central de la República Argentina, los argentinos ya usan el dólar en el 80% de las transacciones informales. ¿Por qué no reconocer esa realidad y construir un sistema legal que la respalde?
Milei entiende un principio básico: la clandestinidad no desaparece con más controles, sino con menos distorsiones. Si el Estado deja de ser un obstáculo, deja de ser evadido. Y eso no es dogma libertario; es pragmatismo económico respaldado por datos globales.
Argentina no es pionera, dentro de una economía llena de competencia, un mercado paralelo multipolar está consolidándose; Rusia liquida su petróleo en yuanes y rupias; Irán intercambia crudo por oro y tecnología. Países del sudeste asiático usan stablecoins no reguladas para comercio intrarregional y en África, redes de remesas móviles operan sin licencia, pero con mayor eficiencia que los bancos tradicionales.
El comercio se convierte en un mercado postestatal: uno que ya no espera que los gobiernos definan las reglas, sino que las construye sobre la marcha. Según el Banco de Pagos Internacionales (BIS, 2025), hasta un 18% del comercio global ya se realiza fuera del sistema financiero tradicional, y esa cifra crece a un ritmo del 12% anual.
El Estado, al intentar controlarlo todo, ha perdido la capacidad de ver lo que realmente ocurre. La pregunta no es cómo erradicar lo informal, sino qué tipo de Estado queremos: uno que impone reglas irreales o uno que se adapta a la lógica del intercambio humano real. Algunos países seguirán construyendo muros regulatorios, sistemas de control incompatibles con una libertad que está definiendo no sólo el futuro de las economías nacionales, sino quién dominará el sistema.
Al mercado no hay que autorizarlo, hay que dejarlo existir sin importar quién está en el radar: el que domina el mundo es quien entiende que la verdadera economía siempre se mueve.









