Miércoles, 08 de Febrero de 2023

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PANORAMA INTERNACIONAL

Marruecos, los juegos del hambre

Por: DA. Javier Rueda Castrillón
Analista económico en diferentes medios; autor de artículos sobre política y economía
jruedac@me.com

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Desde las costas españolas se pueden distinguir las pateras marroquíes cargadas de esperanza, aquel dicho de “las mujeres y los niños primero” no aplica ante la oportunidad para huir de la miseria. Saadeddine al Othmani tenía claro su plan, el primer ministro africano abrió sus fronteras promoviendo el éxodo masivo, un ruin chantaje para poner sobre la mesa temas tan esquivos como el territorio, la pesca en aguas territoriales y la ocupación del Sahara Occidental.

Menos de sesenta kilómetros separan el hambre de Tánger de los fideos con coquinas de Algeciras, distancia que consolida la ruta migratoria más mortífera del mundo para poner en un todo o nada el anhelo de una mejor vida. El Mediterráneo es testigo de la desesperación, más de mil seiscientas muertes para buscar otras opciones de fuga, de Libia a Italia o de Argelia al fin del mundo, el hambre y la falta de oportunidades hacen de lo desconocido un mejor panorama.

Detrás del inevitable quebranto humano al ver lo que la inmigración y la miseria pueden llegar a ocasionar, los conflictos históricos siguen siendo un imposible político; la presión marroquí hace más ríspidos los posibles acuerdos. La apertura de frontera resultó una invitación a la muerte, una masacre incomprensible que ningún pacto pesquero o la búsqueda de más recursos podrá justificar. Los cincuenta y dos millones de euros que recibía Marruecos por pescar en su territorio no han sido suficientes, la Unión Europea no está dispuesta a poner un euro más entendiendo que el Sahara Occidental no pertenece al reino marroquí. La anulación del acuerdo pesquero ha supuesto un golpe a los intereses y negocios de Marruecos, la fuente importante de financiación se ha cerrado y la apertura de sus fronteras a favor de un éxodo masivo es evidencia de la crueldad irresponsable por la que están gobernados.

Turquía resultó ser maestro para un Marruecos aventajado, su manejo fronterizo para chantajear con migración ilegal a Europa se ha convertido en un manual de procedimientos políticos, amenazas hechas realidad para un régimen dictatorial empeñado en recibir recursos, posicionarse en el Sahara y, de paso, para complicar más el asunto, buscar aliados que apoyen su nefasta relación en la zona.

En contra del régimen, el Frente Polisario no se ha cansado de solicitar su autodeterminación, desligarse de Marruecos no es sencillo y la Organización de las Naciones Unidas sólo reconoce al gobierno español como autoridad administrativa para poder mediar con el pueblo saharaui; temas como País Vasco en el pasado y Cataluña en el presente hacen imposible la mediación… España no reconoce el gobierno saharaui y tampoco la administración marroquí en el Sahara Occidental, sin expectativas de acuerdo y acrecentando un problema futuro cada vez más difícil.

Estados Unidos suele ser un mediador global, en esta ocasión se ha decantado por Marruecos, reconociendo la soberanía marroquí en el territorio saharaui a cambio de regularizar las relaciones del país africano con Israel. El armamento estadounidense comprado por Saadeddine al Othmani es otro factor importante en la balanza, este collage de política internacional contempla intereses imposibles de meter en una patera, el pago con vidas es otra situación de inhumanidad a favor de relaciones, poderes y cabezonerías políticas.

Cuando ya no podía haber más tensión, apareció Brahim Ghali, líder histórico del Frente Polisario; enfermo de Covid-19, se dio a conocer la noticia de su acceso a un hospital español, lo que resultó ser la nota perfecta para la indignación marroquí y la vuelta al chantaje migratorio. El ingreso de Brahim se realizó con documentación falsa, Argelia expidió papeles al enemigo mayor y se volvieron a complicar situaciones que, con menos cabeza y más corazón, pudieran tener mejor arreglo.

Aquel “bajarse al moro”, viaje desde la península para comprar hachís, se ha vuelto un “subirse al toro”, trayecto peligroso para poder tener un mejor futuro, una aventura cuyo precio se paga con vida y que, tras un sinfín de enredos políticos, económicos y sociales, se resume en hambre.