

La historia que hoy nos ocupa tiene dos inicios, uno en 1946, pero si nos vamos un poco antes, lo podremos encontrar en todos los años de la llamada “época del cine de oro en México”.
Fue gracias a este extraordinario período, su auge comercial e incluso social –debido en gran parte a que el cine de los Estados Unidos pasaba por un duro momento por la Segunda Guerra Mundial– que pasada la mitad de los años 40 se formó la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC) para premiar a lo mejor de la industria del séptimo arte.
Así es como nace el Ariel cuya primera entrega se llevó a cabo el 15 de mayo de 1947. Su nombre proviene del ensayo del escritor uruguayo José Enrique Rodó, publicado en 1900, y el cual, como se menciona en la página web memoricamexico.com.mx, “exhorta a la unidad latinoamericana”. La escultura que hoy conocemos fue creada por el mexicano Ignacio Asúnsolo y tiene una versión de tamaño casi natural que estuvo ubicada en el Paseo de la Reforma, en CDMX, aunque causó cierta incomodidad por la desnudez. En 1958 fue trasladada a los estudios Churubusco, donde se encuentra actualmente.
El premio está hecho en plata fundida sobre una base de mármol negro. El “Ariel de oro” se da al ganador a la mejor película del año, así como a figuras sobresalientes, entre las cuales destacan Dolores del Río, Luis Buñuel, María Félix y Gunther Gerzso. Aunque no todo ha sido miel sobre hojuelas…
Como en toda institución nuestra academia ha experimentado problemas en su interior, esto la ha llevado a varios puntos de inflexión, siendo uno de los más importantes la suspensión de la entrega del Ariel de 1958 a 1972 por conflictos entre productores y cineastas, el motivo: la baja calidad de las producciones mexicanas. Fue el presidente Luis Echeverría quien ordenó su reanudación y colocó a su hermano, Rodolfo Echeverría, como director de cinematografía. Este fue el tiempo en que el Estado prácticamente se adueñó de la industria fílmica de México.
Otro de esos puntos que mencioné ocurrió muy recientemente en 2022, cuando se anunció que la entrega del año siguiente sería cancelada por falta de recursos económicos. Uno de los tantos en pronunciarse fue Guillermo del Toro, en su cuenta de lo que fuera Twitter, escribió: “La sistemática destrucción del cine mexicano y sus instituciones –lo que llevó décadas construir– ha sido brutal. Sobrevivimos el sexenio de López Portillo, pero esto no tiene precedentes”. Y no se quedó ahí, también se ofreció a cubrir el costo de las estatuillas para los galardonados.
Gracias a recursos provenientes de fondos privados y a las cuotas de los miembros de la AMACC se pudieron reanudar las actividades, cambiando de sede a Jalisco para la premiación 65a y anunciando, de paso, que el gobierno de dicha entidad contribuiría a la realización del evento. Cabe mencionar que Jalisco tiene leyes relativamente recientes de apoyo a la industria del cine nacional; incentivos fiscales y de otras índoles. En su visita al Festival de Cine de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, el productor Franz Álvarez, que radica en tierras tapatías, argumentó que “los empresarios apoyaron a los cineastas porque se dieron cuenta del potencial negocio que tenían entre manos. Con eso sobre la mesa el gobierno estatal se sumó a la causa”.
Así pues, el Ariel es producto de la creación de nuestra Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en un tiempo en que el final de la bonanza de la época de oro no se veía siquiera posible, sin embargo, estaba más cerca de lo que muchos pensaban. Tal vez la lección en este caso es que lo opuesto también pudiera pasar: tenemos un gran potencial entre manos y lo único realmente necesario para que nuestra industria cinematográfica sea una gran fuerza económica (como alguna vez lo fue) es simplemente creer en ella.









