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Antimigración: ¿el miedo como política es una amenaza real?

Por: MA. Clara Franco Yáñez
Master en Asuntos Internacionales, por el Instituto de Posgrados en Estudios Internacionales y del Desarrollo en Ginebra, Suiza
clara.franco@graduateinstitute.ch

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En Europa y Estados Unidos, el discurso antimigración ha dejado de ser marginal para convertirse en el eje central de campañas, debates parlamentarios y decisiones de gobierno. Ya no se trata solamente de “controlar fronteras” o de ajustes técnicos a las políticas migratorias, sino de una narrativa mucho más profunda: la idea de que el migrante representa una amenaza existencial al orden social, cultural y económico. El extranjero deja de ser persona para convertirse en símbolo, chivo expiatorio de miedos acumulados.

Parte de este giro se explica por factores reales: presión sobre los sistemas de bienestar, crisis de vivienda, salarios estancados, servicios públicos saturados. Sin embargo, el salto lógico que se da con frecuencia es simplista: culpar a quienes llegan, en lugar de a estructuras económicas que llevan décadas precarizándose más y más. La migración se presenta como causa, cuando muchas veces es síntoma. Pero las causas estructurales no caben en consignas; el miedo, en cambio, sí. Aquí es necesario matizar: debemos saber distinguir entre las tendencias y los contragolpes políticos que son resultado de miedos infundados –o de causas mal reconocidas– y aquellos que sí podrían representar una amenaza cultural real a las sociedades occidentales de tradición liberal. Nuevamente, se culpa con frecuencia al migrante por los problemas que en realidad son consecuencia del capitalismo tardío; aunque ciertamente existe la necesidad de regular la migración y de que los países decidan soberanamente quién puede cruzar sus fronteras.

Europa ofrece un ejemplo claro. Partidos que hace veinte años se consideraban extremos hoy marcan la agenda política: endurecimiento del asilo, externalización de fronteras, centros de detención, criminalización del rescate humanitario. Estados Unidos (sobre todo ya sabemos quién), con su retórica del muro y de las deportaciones masivas, sigue una lógica similar. El mensaje es constante: “nos están invadiendo”, “nos quitan”, “nos desbordan”, incluso “nos reemplazan y destruyen”. Poco importa que los datos contradigan numerosas de estas afirmaciones; el objetivo no es describir la realidad, sino provocar una emoción. Al mismo tiempo, no todos esos miedos resultan infundados, y ya se empieza a ver un fuerte contragolpe a las políticas que, según muchos, fueron por años excesivamente laxas con grupos concretos de asilados y refugiados –o con personas que afirmaban serlo en casos difíciles de comprobar–.

Este clima tiene consecuencias profundas. Normaliza la deshumanización y erosiona principios básicos del Estado de derecho. Si ciertos grupos pueden ser tratados como prescindibles, retenidos indefinidamente o expulsados sin garantías, el umbral de lo aceptable se desplaza para todos. La historia europea debería encender las alarmas: cuando se empieza a dividir entre “nosotros” y “ellos”, rara vez se detiene ahí.

Paradójicamente, varias de las sociedades que hoy rechazan migrantes dependen estructuralmente de ellos: para sostener sistemas de cuidados, sectores agrícolas, la construcción, los servicios. Se les necesita, pero no se les quiere ver. Se benefician de su trabajo, pero se les niega pertenencia. Esa contradicción no es accidental: es funcional a un modelo que busca mano de obra vulnerable y derechos frágiles. El temor a la escasa asimilación cultural de grupos como, concretamente, migrantes de religión musulmana ya está teniendo implicaciones intensas en los debates sobre la configuración del tejido no solamente social, sino también racial, étnico, religioso e ideológico; esto se ve aunado a la presión por seguir defendiendo los principios de igualdad –sexual y de género, por ejemplo, cosa no menor en el marco de fundamentalismos radicales–, de laicidad y de democracia ante grupos y líderes con prioridades muy distintas.

La pregunta de fondo no es cuántos migrantes “aguanta” una sociedad, sino qué tipo de sociedad quiere ser. Una que gestiona la complejidad con políticas serias y humanas, o una que convierte el miedo en capital político. La tendencia actual sugiere lo segundo. Y una vez que el miedo se instala como lenguaje dominante, desmontarlo suele ser mucho más difícil que levantar muros.