

En un artículo anterior hablaba de un fenómeno que me parece cada vez más extendido: la infantilización de la sociedad actual. Esa especie de adolescencia eterna en la que se posponen decisiones, se esquivan responsabilidades y se vive con la expectativa de que “algo” o “alguien” nos resuelva lo que antes resolvía el mundo adulto. Hoy hablo del fenómeno que, en apariencia, sería el opuesto: lo que en inglés llaman “parentificación” (de parent, forzar a un menor a actuar como padre o madre). Digo “en apariencia” porque, en la vida real, ambos procesos pueden convivir en la misma época, incluso en la misma familia.
“Parentificación” es cuando un niño es empujado a desempeñar roles de adulto: hacerse cargo de hermanos pequeños, mediar conflictos, asumir tareas domésticas o volverse el sostén emocional del padre o la madre. No es lo mismo que un niño ayude ocasionalmente –algo propio del crecimiento– que la vida familiar dependa de que el niño funcione como “responsable”. El mensaje implícito suele ser brutal: si tú no lo haces, todo se desmorona. Para un cerebro en desarrollo, no es aprendizaje de responsabilidad, sino una forma de presión crónica –que en algunos casos puede caer en abuso–.
En su versión más clásica, hoy es menos frecuente por una razón: las familias son menos numerosas. Ya no es automático pensar que al hijo o a la hija mayor “le toca” hacerse cargo de los menores (algo que solía recaer más en las mujeres, por estar “diseñadas” para el cuidado), desde cambiar pañales hasta pagarles los estudios si el proveedor faltaba. En hogares con cinco o seis hijos era casi un modelo de crianza por delegación, asumido como normal. Pero que haya menos hijos no significa que el fenómeno haya desaparecido: más bien se ha transformado.
Ahora aparece de forma silenciosa y difícil de señalar. Hay niños que no cuidan físicamente a un hermano, pero se convierten en confidentes, terapeutas, árbitros o “parejas emocionales” de un adulto que no logra regularse. Hay pequeños que aprenden a anticipar crisis, a moderar su alegría, a escoger palabras como si cada frase pudiera detonar algo. Y, en contextos de problemática mental o económica, el niño termina traduciendo, gestionando o sosteniendo responsabilidades que no le corresponden.
Lo perverso es que desde fuera puede verse como algo positivo. Se les llama “maduros”, “responsables”. Y sí: suelen desarrollar habilidades reales. Pero el costo es alto porque crecer rápido no es lo mismo que madurar. Un niño “parentificado” no siempre madura; a veces sólo se adapta. Y adaptarse bajo presión, durante años, suele dejar huellas específicas: ansiedad y necesidad de control, culpa por descansar, incapacidad de pedir ayuda, dificultad para recibir cuidado sin sospecha, relaciones adultas donde se da mucho y se pide poco, e identidad basada en la utilidad para otros. En ocasiones, incluso cuando todo “se ve bien” por fuera, queda un vacío interno, un duelo por una infancia que se vivió a medias.
Conviene hacer un matiz: no digo que los niños no deban responsabilizarse, como si la crianza sana fuera tener príncipes con derechos infinitos sin deberes. En una familia sana es normal que un niño participe, ayude y aprenda a considerar a los demás. La pregunta es qué se le pide, por cuánto tiempo, con qué mensaje y a costa de qué. Cuando la ayuda sustituye al adulto, cuando deja de jugar o de tener un espacio mental propio, cuando se vuelve el regulador emocional de la casa, ahí ya no hablamos de educación en responsabilidad: hablamos de una inversión del orden de los cuidados. Lo sano es que los cuidados fundamentales siempre fluyan en sentido inverso: de los padres hacia los hijos y no al revés (excluyendo el cuidado de ancianos, que es tema aparte).
Ahí es donde conecto con el artículo anterior de forma incómoda. Una sociedad infantilizada produce hogares en los que alguien tiene que ser adulto. Si hay adultos emocionalmente inmaduros, sobrepasados o ausentes, el sistema familiar busca estabilidad donde puede y a veces la encuentra en el hijo “fuerte” o “sensato”. La misma época que posterga la adultez en algunos empuja a otros a asumirla demasiado pronto. No es contradictorio: es el mismo desequilibrio repartido de manera desigual.
Muchas familias hicieron lo que pudieron con lo que tenían: juzgarles ahora no es necesariamente útil. Aun cuando hubo buena intención, la consecuencia en el niño se nota años después. Quien crece “parentificado” suele necesitar, de adulto, reaprender cosas básicas: poner límites sin culpa, descansar sin miedo, pedir ayuda sin sentir vergüenza y aceptar que su valía no depende sólo de ser útil a otros.









