

Se están dando en países occidentales (incluyo a México) dos fenómenos paralelos que parecerían contradictorios o paradójicos: mientras que la población envejece, hay al mismo tiempo un proceso de infantilización en muchos sentidos. Alargamos eternamente la adolescencia, la falta de madurez sociopolítica y de responsabilidad en varias facetas. Particularmente en clases medias urbanas, se observa una tendencia inquietante: la dificultad de muchos para asumir roles adultos plenos. No es cuestión de edad, sino de actitud colectiva. Una sociedad que celebra la juventud eterna, posterga responsabilidades, convierte la comodidad y el entretenimiento en valores centrales, termina comportándose como una gran guardería tecnológica.
Y no quiero que suene a queja, con tono de “estos jóvenes de ahora…”. Yo misma muestro algunos síntomas de ello y los veo en muchos de mis conocidos. Por un lado, sabemos que la propia sociedad y la economía actual dificultan mucho “sentar cabeza”, tener un trabajo estable y empezar a mantener a varios niños con la aparente sencillez con que lo hacían nuestros abuelos –los costos están elevadísimos–. Por otro lado, el concepto de “adolescencia” es un invento históricamente muy reciente: en sociedades tribales y ancestrales, uno era un niño hasta que, en algún momento entre la pubertad y lo que hoy llamaríamos adolescencia temprana (entre los doce y los dieciséis, mediando casi siempre un ritual de iniciación) se convertía en adulto con facultad para ir a la guerra, empezar a reproducirse y participar plenamente en asuntos de mayores.
Conforme las sociedades avanzaban e iban pudiendo dar mejores vidas a sus miembros, el punto medio entre ser niño y adulto podía alargarse, conllevando ventajas y desventajas. Hoy en día, vivimos en una sociedad privilegiadísima y abundante (si la comparamos con tribus ancestrales), pero se está dificultando la formación de familias, a la vez que muchos personas pueden elegir no tener hijos; las tendencias juveniles se extienden indefinidamente. Muchos jóvenes se dan el lujo de dirigirse a sí mismos impulsos que en otra época la gente dirigía a sus hijos: comprarse juguetes que siempre quisieron tener de niños, dedicar mucho tiempo a jugar videojuegos o elevar a sus mascotas al estatus de “hijos”. Y lo digo sin juicio: me parecen prácticas que no dañan a nadie, yo misma hago algunas de ellas. Pero, sin duda, las generaciones han cambiado. Observemos también cómo las industrias del entretenimiento se van centrando menos en los (cada vez más escasos) niños y más en las nostalgias del treintañero con ganas de recordar.
Los síntomas son múltiples: dependencia económica prolongada, dificultad para tomar decisiones estables, rechazo a compromisos duraderos, miedo al conflicto y búsqueda constante de gratificación inmediata. En el plano cultural, abundan discursos que infantilizan a los propios adultos, se habla a los ciudadanos como si fueran incapaces de procesar información compleja, se simplifica todo en narrativas maniqueas y se sustituye el razonamiento por emociones instantáneas. La cultura del consumo de videos cortos ha hecho un daño inmenso a la atención. Las redes sociales contribuyen a mantener este estado de adolescencia colectiva, reforzando la idea de que madurar es sinónimo de aburrirse. Mientras que ser adulto y tener juguetes me parece inocente, el aspecto que encuentro preocupante es la infantilización del discurso y la pérdida de nuestra capacidad para debatir, para entender ideas complejas y matizadas.
Los factores estructurales también pesan. Las crisis económicas dificultan la independencia de los jóvenes; la precariedad laboral retrasa la posibilidad de formar familias o adquirir vivienda; los modelos educativos privilegian la autoestima sobre el esfuerzo. Y los gobiernos, en lugar de promover autonomía, adoptan discursos paternalistas. El resultado es paradójico: una sociedad hipersensible, pero emocionalmente torpe; hiperinformada, pero incapaz de sostener debates maduros; hiperconectada, pero con vínculos cada vez más frágiles. Tal vez debamos recuperar la idea de que crecer no es perder, sino ganar libertad. Una democracia de adultos requiere ciudadanos que sepan postergar el placer, asumir consecuencias y disentir sin berrinches.









