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La paradoja del dolor: cuando aceptar lo inevitable abre camino al crecimiento

Por: Mariana Monserrat Ramos Turrubiartes
Auditora interna del SGC ISO 9001; emprendedora y jefa del departamento de idiomas de la Normal del Estado de SLP
marianart08@gmail.com

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Para ti, ¿qué es la felicidad? Somos lo que vivimos y lo que marca nuestra vida; las experiencias, tanto buenas como malas, que nos ayudan a encontrar nuestra esencia y nos acercan al poder que tenemos dentro de nosotros. Cuando hablamos de estos acontecimientos, nos enfrentamos no sólo a buenos momentos, sino también a situaciones que nos han lastimado o generado dolor; sin embargo, por más que evitemos el malestar en todas sus formas, es inevitable experimentarlo en algún punto, ya sea en alta o baja escala.

Las emociones negativas son parte del crecimiento de las personas y vivimos con la idea de que tenerlas representa que no somos capaces, exitosos o incluso felices; elegimos centrarnos en evitar experimentar malas emociones, de modo que perdemos el enfoque de todo lo bueno que nos rodea. Es necesario permitirnos moldear nuestra mente para dejar de pensar en lo malo y dar espacio a lo positivo o los estímulos que pudieran fortalecerlo.

Es comprensible que prefiramos no sentir emociones negativas, pues deseamos estar felices, sin embargo, es normal no estarlo en todo momento.

Cuando algo nos duele o nos hace daño, ponemos en marcha nuestras defensas –al principio de forma inconsciente y automática–. Cada persona desarrolla estrategias para afrontar el dolor, las cuales suelen formarse en la infancia, aunque es posible que en la edad adulta se vuelvan menos adaptativas. Afrontar situaciones en la niñez, como el bullying, en su momento desencadenaron acciones que blindaron ese sentimiento; sin embargo, con el tiempo, estas respuestas se transformaron en mensajes distintos a nivel mental, como la desconfianza, el rechazo o la falta de entrega por miedo al dolor que pueden provocar las relaciones personales, entre otras cosas. Los sucesos mal gestionados pueden generar barreras y comportamientos que, al no haber sido canalizados de manera adecuada, se transforman en heridas permanentes que empiezan a definir no sólo la personalidad, sino también las decisiones que marcan nuestra vida.

¿Y cómo se puede salir de este ciclo inconsciente que nuestro organismo ha creado con el fin de protegernos? Existen dos herramientas: el ciclo de la necesidad y el darse cuenta.

El ciclo de la necesidad está presente en cualquier situación que podamos llevar a cabo. Puede estar relacionado con lo físico o lo emocional. Enlistemos algunos ejemplos: empiezo a notar algo en el estómago (una sensación física como un ruido o un movimiento), como es algo conocido para mí, puedo relacionarlo con el hambre; a esa sensación física puedo ponerle un nombre y se vuelve una percepción, así que busco algo para satisfacer esa necesidad (comer). De esta forma inicia un proceso de energización: la energía interna genera el pensamiento que me prepara para la acción y al empezar a comer se satisface la necesidad. Cuando el hambre desaparece, se da por cerrada esa etapa. Así, vivimos en una sucesión de ciclos que se abren y se cierran a la espera del siguiente.

Ser conscientes de las necesidades de nuestro sistema y entender la importancia de dejar a un lado el ego para cerrar los ciclos será el primer paso para crear un hábito frente a las circunstancias que no podemos controlar y que nos generan dolor.

El dolor puede ser de mayor o menor magnitud gracias al trabajo mental de cada persona; es responsabilidad de cada uno comenzar a cerrar ciclos que, aunque no sean positivos, deben enfrentarse y dar paso a metas pequeñas pero tangibles, que nos brinden la confianza de construir una mentalidad más abierta y resiliente.