Lunes, 06 de Abril de 2020
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Contrólenme, por favor

Por: MBA. Horacio Marchand Flores
Fundador de Hipermarketing.com, el portal más grande de mercadotecnia en Iberoamérica
@HoracioMarchand

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¿Qué tienen en común Hitler, Trump, Maduro? ¿Han sido buenos creadores y contadores de historias? ¿Han logrado idear mecanismos de control y manipulación? ¿Cuál ha sido su secreto para conseguir seguidores?

Probablemente la clave no está en sus habilidades personales, sino en las debilidades de los seguidores. Es más fácil obedecer que pensar, someterse que emanciparse, copiar que crear.

Es que nacemos despistados y dependientes. Crecemos copiando modelos, como obedeciendo un mandato de psicología evolucionaria para mimetizarnos con el grupo referencia, buscando pertenecer. Y luego, tras solucionar nuestras necesidades básicas, nos enfocamos a encontrar nuestro propósito, sentido de vida, o incluso nuestro destino. Esta búsqueda no es nada fácil. Para muchos es, de hecho, una búsqueda infinita, eterna.

Jung le llamaba individuation al proceso de transformar la psique individual combinando el inconsciente personal con el colectivo. Y en ese camino de la autorrealización somos presas fáciles de dogmas, religiones, líderes, aficiones o prácticas. Buscamos creer en algo que nos ayude a sopesar la abrumadora aleatoriedad e insignificancia de vivir en un infinito cósmico, que no deja de multiplicarse.

Para poder compensar y lidiar con esto, creamos dioses y nos sometemos a dogmas. Los agnósticos, los deístas y ateos a veces parecen envidiar la sensación de paz y rumbo que tienen los creyentes.

Sin embargo, la religión también tiene sus detractores: asegura que salva almas, pero también ha sido causa de guerras, discriminación, violencia y abusos. Nietzsche, el más vocal de todos, pregunta: ¿es el hombre un defecto de Dios o Dios un defecto del hombre?

Pero el tema de esta columna no es juzgar determinadas creencias, sino puntualizar en la existencia de una necesidad humana tan grande de asumirse y entregarse a algunas.

Hace algunos años me platicaban de un amigo que había renunciado a todo y se había ido a Dharamsala, India, para convertirse en monje. "Qué admirable, ¿verdad?", me decían. Claro que es admirable que alguien tenga el valor y la determinación de perseguir sus sueños; pero, al mismo tiempo, no dejaba de pensar en las implicaciones existenciales de la adherencia a la estructura y reglas del grupo. ¿Cuál habrá sido su motivador principal?

Allá en un convento de una ciudad airosa, vecina del Tíbet, andaba un regiomontano que se había rapado, dejado su ropa de civil y se había envuelto en una túnica naranja. Que se levantaba todos los días a las 4 de la mañana a meditar, desayunaba a las 6, para luego hacer meditación en movimiento hasta las 11.30, y después comer, dormir, rezar, cantar y, otra vez, meditar y luego a dormir, para repetir su ciclo nuevamente al día siguiente.

Lo interesante es que, al adoptar las creencias, normas, costumbres y valores del grupo, también se había liberado de su angustia existencial. Ya no sentía ambigüedad, ambivalencia y ansiedad porque sus vacíos habían sido llenados, sus preguntas contestadas, su tiempo estructurado. Se acabaron las dudas y, con ellas, la necesidad de cuestionarse se había extinguido. Vaya alivio.

Por eso, la raya entre ser creyente, o miembro de un grupo, y ser un fanático es tan endeble. El fanático no piensa; se funde en un movimiento y queda diluido para dejar de cargar con él mismo.

Y es el fanático el mercado meta de los movimientos sociales, religiosos, políticos. Por eso siempre habrá los que sigan a líderes como Hitler, Trump o Maduro y también los que sostienen a Churchill, Sanders y Guaidó.

En la sociedad siempre está el campo fértil para alguien que quiera vender convicciones, rituales y mandatos.