Sabado, 22 de Febrero de 2020
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Startup, el negocio que no es negocio

Por: MMD. Christian Flores Pérez
Consultor y conferencista, profesional en marketing y comunicación, Master en Marketing digital
@chrisfloresmx

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Me he puesto a pensar en el avance tecnológico, la modernidad y la vorágine de aplicaciones móviles a las cuales todos tenemos acceso mediante App Store o Play Store; algunas gratis, otras no; unas útiles y otras no tanto. Muchas son producto de un método denominado: startup.

¿Recuerdan sus clases de química en la secundaria? Vamos a hacer un ejercicio de memoria, ¿les viene a la mente quién dijo “la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma”? Naturalmente ya recordaron que fue Antonio Lavoisier, padre de la química moderna (seguro lo googlearon, pues honestamente yo tuve que hacerlo para escribir estas líneas).

Pero, ¿esto qué tiene que ver con el artículo? ¿Por qué sales con clases de Química, Christian? (Se estarán preguntando y con justa razón). Pues, bueno, partiendo de lo anterior, puedo asegurar que cuando descubrí lo que era una startup, la frase resonó en mi mente de forma singular, pero adaptada a lo que pude entender en ese momento: “la  startup no se crea ni se destruye, solo se transforma”; soy honesto, mi estructura de negocio enfocada al emprendimiento, antes de adentrarme en dicho término, era muy organizada, ya saben: inversión, estructura, áreas funcionales, flujo de efectivo, tiempos y movimientos, etc. Taylor, Fayol y Kotler me hubieran hecho un monumento. Pero, como saben, todo avanza (más en este tema), debemos conocer y adaptarnos a las nuevas tendencias y por eso quiero compartir, en palabras simples y de cristiano, lo que representa esta figura en la actualidad que –según he podido observar– pocos conocen de manera clara. ¿Les suenan las marcas Uber Eats, Rappi, Arb&b? Pues sí, estos gigantes de la tecnología son empresas millonarias, pero antes fueron startups.

Este concepto parte de crear algo completamente nuevo, inexistente, que quizá solo pudieran visualizar en sus más torcidos y utópicos sueños, una idea millonaria y funcional (eso es lo mas fácil), pero ¿cómo hacer que genere dinero? Las estructuras administrativas se crean y desarrollan con modelos probados (negocios existentes), algunos, incluso, desde la revolución industrial. La startup es nueva, todo se hace de cero, es imposible pensar que un modelo viejo funcionará en un producto recién creado, “la invención tecnológica de alguien” o, díganme, ¿alguno de ustedes imaginó, hace 10 años, ganar dinero rentando su coche a través de una app? O conseguir alojamiento a precio “accesible” en un lugar que no fuera un hotel.

Eric Ries introdujo este concepto, el cual propone: “una institución humana dirigida a crear un nuevo producto o servicio en incertidumbre extrema. Una vez que sea exitoso, deberá ser escalable y replicable”. Una startup no es un negocio como tal (por lo menos no de inicio), un negocio como tal ya funciona, lleva una actividad recurrente que genera ingreso, así le vaya bien o mal a la compañía; las herramientas de gestión tradicional no funcionarán para un artículo tecnológico nuevo.

¿Cómo hacemos la idea redituable? ¿Cómo capitalizamos un coso –dirían los argentinos– caracterizado por la innovación, la incertidumbre y las condiciones adversas? El objetivo no será crear negocio, sino averiguar si existirá a futuro, tomando como base una idea; todo lo anterior deberá de hacerse en forma rápida y consumiendo el menor número de recursos posibles (dinero tiempo y energía). El eje central es fallar, equivocarse rápido, gastando poco, una y otra, y otra vez hasta descubrir el modelo que haga fructífera la idea (nuevo producto/servicio). Una vez que se logre, será una empresa replicable, escalable y fructífera, en términos económicos. Un loop eterno de prueba y error que, aunque no lo parezca, es una metodología de trabajo. Emprender de esta manera puede acabar con tus recursos (es riesgoso, sí), la ganancia de capitalizar la startup es sumamente recompensante; actualmente, hay algunas (ya probadas) con valor superior a los 300 millones de dólares; lamentablemente, en pleno 2019, no hay ninguna mexicana destacada a nivel internacional.

Y es así como podemos acabar de destruir la frase de Lavoisier, en mi opinión: “la startup sí se crea y, si no se destruye, solo se transforma”.