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ECONOMÍA

El gran rebalanceo: el fin de la globalización desregulada y el auge de los «bloques de resiliencia»

Por: DA. José Ramón Álvarez González
Desarrollador de negocios, especialista en Comercio Exterior y Logística
ramonalvarezslp@gmail.com

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El panorama económico mundial refleja una transformación profunda que se puede llamar el gran rebalanceo o un reequilibrio global, pero ¿en qué consiste?, simplemente en el agotamiento del modelo de globalización neoliberal iniciado hace unas décadas para dar paso a un sistema de resiliencia, realineamiento estratégico y bloques económicos regionales. Estos bloques de resiliencia son agrupaciones de países que de manera económica y política priorizan la seguridad, la autonomía estratégica y la estabilidad por encima de la eficiencia pura del modelo anterior en donde a costa de buscar siempre el costo más bajo, la mano de obra más barata, los tiempos de entrega perfectos, se prometía una prosperidad colectiva.

La pandemia del COVID-19 fue un golpe de realidad, de pronto la globalización se tornó vulnerable: empresas detenidas en todos los continentes, se afectaban líneas de producción, escaseaban materias primas, insumos que eran abundantes ahora no estaban al alcance de los países. Sectores dependían de un solo país, región o proveedor y esa eficiencia que brindaba la globalización dejó de existir, fue entonces cuando el mundo se dio cuenta de que no era una fortaleza.

En este nuevo contexto surge lo que se puede denominar el gran rebalanceo, una reconfiguración de la globalización. El mundo no se está cerrando por completo, está reorganizando prioridades, con agrupaciones de países que coordinan políticas industriales, tecnológicas y energéticas para reducir dependencias críticas y fortalecer su autonomía estratégica; diferentes a las típicas áreas tradicionales de libre comercio. Estos bloques no sólo se enfocan en la reducción de aranceles, sino en capacidades productivas compartidas; no sólo buscan al proveedor más barato, sino al más confiable, reconsideran distancia geográfica y política de sus cadenas de suministro, ya no les interesa el costo mínimo, sino el riesgo calculado.

En la actualidad los bloques liderados por Estados Unidos y la Unión Europea han retomado fuerza con políticas industriales para asegurar sectores estratégicos en el área de semiconductores, energías limpias y tecnologías digitales, mientras el bloque asiático, China y Rusia impulsan mecanismos alternativos de integración apoyados por la Organización de Cooperación de Shanghái y en esquemas financieros promovidos por los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, entre otros), configurando así una competencia estructural que redefine el concepto de resiliencia, ya no es sólo recuperarse de crisis, sino evadir presiones externas.

En este contexto, la producción de microchips, el control de tierras raras, los minerales críticos y la seguridad energética son ahora signos de una soberanía económica, impulsadas por estrategias como el nearshoring y el friendshoring dentro de áreas de confianza geopolítica, aunque esto implique mayor costo. No se trata del fin de la globalización, sino de una metamorfosis en la cual el mercado y el Estado vuelven a unirse bajo criterios de seguridad nacional y el Sur Global ­–en donde entra el continente americano– emerge como actor decisivo al concentrar recursos estratégicos que pueden traducirse en oportunidades de desarrollo.

El resultado final dependerá de si los nuevos bloques evolucionan hacia esquemas abiertos y cooperativos o hacia estructuras nacionalistas que profundicen la fragmentación. En esta transición histórica la confianza comienza a pesar más que el precio; el desafío central consiste en fortalecer la resiliencia sin romper los vínculos indispensables de la interdependencia global.

No es un regreso al pasado ni una ruptura absoluta con la globalización, sino una etapa de ajuste profundo que veremos en los siguientes años.