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El jaque de la geopolítica actual al siglo XX

Por: LD. Cintya Jiménez Flores
Gerente Jurídico en Análisis de Operaciones STRATEGA
cintya.jimenez@strategamagazine.com

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Según datos de las Naciones Unidas (2018), el 40% de los conflictos armados recientes se vinculó a disputas por recursos naturales, y esto va en aumento, debido a que, a lo largo de la historia contemporánea, estos recursos han sido tanto puentes de cooperación diplomática como fuentes persistentes de conflicto, especialmente cuando la escasez, el crecimiento poblacional, la desigualdad de poder y el deterioro ambiental alteran los equilibrios originales. Esto último se debe a que la arquitectura geopolítica contemporánea fue diseñada principalmente después de la Segunda Guerra Mundial, bajo supuestos y condiciones que hoy han cambiado radicalmente.

Los recursos naturales compartidos –como ríos internacionales, acuíferos transfronterizos, mares, pesquerías, yacimientos energéticos o ecosistemas fronterizos– constituyen uno de los ámbitos más sensibles de las relaciones internacionales. Su carácter físico, limitado y transnacional obliga a los Estados a interactuar, ya sea para cooperar en su aprovechamiento o para competir por su control, tal como podemos precisar en el conflicto de Pakistán e India por el sistema fluvial del Indo, el cual es uno de los ejemplos más citados de cómo un recurso compartido puede convertirse en una herramienta política y ser simultáneamente una fuente de conflicto y cooperación.

Tras la partición del subcontinente indio en 1947, India y Pakistán heredaron una red hídrica esencial para la agricultura y la seguridad alimentaria de ambos países; no fue hasta 1960 cuando, mediante el Tratado de las Aguas del Indo, se logró establecer un marco de reparto y gestión, incluso en un contexto de rivalidad política y conflictos armados por la tierra de Cachemira. Sin embargo, el documento ha sido objeto de tensiones recurrentes, especialmente cuando India ha impulsado proyectos hidroeléctricos que Pakistán percibe como amenazas a su acceso al agua. Este caso demuestra que los tratados pueden contener el conflicto, pero no eliminarlo por completo, sobre todo cuando la desconfianza política persiste. Por otro lado, los impactos de la sobreexplotación de los recursos marinos han alcanzado niveles alarmantes que amenazan la estabilidad ecológica y social a escala global. Según el informe más reciente del World Wildlife Fund (2022), desde 1970 hemos presenciado una pérdida del 49% de las poblaciones marinas, un declive sin precedentes en la historia moderna. De acuerdo con los científicos , este colapso ecológico se ve agravado por el fenómeno de acidificación oceánica cuyos efectos han reducido en un 30% la capacidad reproductiva de especies clave como los moluscos. Los estudios publicados en Nature Climate Change demuestran cómo este proceso químico, derivado del aumento de CO2 atmosférico, está alterando los ecosistemas marinos. Ante este panorama crítico, el reciente Tratado Global de los Océanos (2023) surge como un instrumento jurídico prometedor, aunque su implementación efectiva enfrenta importantes obstáculos políticos y económicos.

Ahora bien, la relación hídrica entre Estados Unidos y México ilustra cómo los acuerdos históricos pueden volverse problemáticos. Los tratados que regulan los ríos Colorado y Bravo (Grande) se firmaron bajo supuestos de abundancia relativa de agua, crecimiento poblacional moderado y ausencia de cambio climático. Hoy, la escasez hídrica, las sequías prolongadas y la presión sobre la agricultura y las ciudades han generado tensiones. Pese a los conflictos, los recursos naturales compartidos han sido instrumentos de diálogo y cooperación. La creación de comisiones binacionales, convenios de gestión conjunta y mecanismos de intercambio de información ha permitido, en muchas ocasiones, evitar la escalada de disputas.

Este caso evidencia cómo un pacto puede ser legalmente válido, pero cuestionado con el paso de las décadas cuando las condiciones cambian de forma significativa. La negociación y la realización de tratados internacionales sobre recursos naturales compartidos es un ejercicio complejo que combina derecho, política, economía y ciencia.

El gran reto del derecho internacional contemporáneo no es sólo crear acuerdos, sino diseñarlos de manera que resistan el paso del tiempo, se adapten a nuevas realidades y mantengan un equilibrio razonable entre soberanía, cooperación y justicia. En un contexto de creciente escasez y crisis ambiental global, la capacidad de renegociar será clave para la paz y el desarrollo sostenible.