Es cada vez más común escuchar el concepto de obsolescencia en diversos productos de la cotidianidad, de pronto consideramos que un teléfono inteligente se ha vuelto obsoleto, lo mismo que una computadora o cualquier otro producto tecnológico. Este término hace referencia a algo que ya no está funcionando como debiera, que no se puede actualizar, que es lento o incompatible con otros recursos o productos, en otras palabras, que ha caducado. Lo normal sería que un producto deje de funcionar adecuadamente al paso del tiempo, sin embargo, ahora mismo las cosas no están funcionando de esta manera en todos los casos.
La obsolescencia programada es una estrategia que las empresas utilizan para que sus productos dejen de ser funcionales en un tiempo que se ha determinado previamente, es decir, su fecha de caducidad se establece para que los consumidores tengan la necesidad de adquirir uno nuevo. Estos bienes se han diseñado intencionalmente para que no se puedan desmantelar, por lo mismo no es sencillo repararlos o actualizarlos, no es fácil encontrar piezas de repuesto y resulta más práctico desecharlos. De igual forma la sensación de no poseer lo último en tendencia es otra forma de obsolescencia, ya que se responde a la idea implantada de que no se está a la moda y se acude de inmediato a conseguir un nuevo modelo.
El otro concepto no es tan común, aparece en la literatura apenas en 2015 y se presenta como un movimiento social que responde al consumismo, su principal interés es el de alargar la vida de los productos el mayor tiempo posible, y justamente el acrónimo alargascencia surge de los términos alargar y obsolescencia. La alargascencia responde a la preocupación por la sobreexplotación de los recursos naturales generada por una cultura que se rige por la moda, manifestando comportamientos, en muchos casos compulsivos, de comprar, desperdiciar o desechar y volver a comprar. Así fue como la manera más efectiva de reaccionar a estas dinámicas corporativas fue la de generar redes de acción que se concentran en espacios para reparar, alquilar, intercambiar o vender dichos productos que se consideran obsoletos. Se trata de darles una segunda oportunidad e intentar frenar una producción desmedida.
Ambos fenómenos se encuentran en polos opuestos del comportamiento del consumidor y tienen sus fervientes seguidores y detractores, aunque para algunos la idea de reducir, reutilizar o reciclar es cada vez más atractiva.
Cinco puntos clave para comprender la obsolescencia programada y la alargascencia:
Si se trata de rescatar los aspectos más positivos de ambos procesos, ya se habla de una obsolescencia planificada como estrategia para emprender servicios con una temporalidad determinada que implique la renovación e innovación constante para evitar el hastío del cliente; y por otro lado también se prioriza una alargascencia que en lo local fortalezca la economía circular tanto como la social y la solidaria.