

A través del tiempo ha sido posible demostrarse de manera intrínseca que pareciera existir una correlación directa entre la inequidad social y el medioambiente, denotando que a mayor grado de marginación aumenta la tasa de afección que el estrato tiene sobre su ecosistema, sin embargo, hay una brecha que nos conviene examinar.
En realidad, la relación entre el ambiente y la desigualdad social tiene una marcada dependencia a diferentes factores que hacen que su análisis se convierta en un ejercicio por demás complejo, por ejemplo:
La determinación del grado de inequidad social depende de factores tan complejos como la evolución histórica (colonización, esclavitud, discriminación), el análisis de segregación geográfica y las diferencias educativas, económicas, políticas y globales, dejando en claro que en la mayoría de las ocasiones esta situación persiste con el tiempo, inhabilitando hasta el mínimo esfuerzo por cambiar el estado general de la desigualdad social.
Si bien nos hemos centrado en el punto de vista del sector “débil”, es básico compartir que la mayor tasa de impacto negativo al ambiente proviene de la sociedad con más capital y que se consolida fuertemente en la economía, mientras que las zonas relegadas pagan las consecuencias de la explotación desmedida de recursos naturales.
Después de esto, es claro comprender que la conciencia ambiental se ve directamente afectada por el estado social en cuestión, pues en zonas marginales es difícil comprender la idea de una práctica casi inexistente.
La inequidad social genera una brecha amplia en el conocimiento de los beneficios que tiene un modelo de sostenibilidad, ocasionando que el desarrollo de dicha sociedad responda a la explotación directa de los recursos naturales y que no cuente con una gestión de residuos, derivando en impactos significativos, como la contaminación de suelo, aire y agua.
Ahora bien, ¿cómo puedes pedir conciencia en algo que no conoces? No considero que la responsabilidad sea de la población vulnerable, en su lugar reflexiono que los esfuerzos políticos de inclusión van dirigidos a asociar cada vez más a la gente de clase media-alta en actos sostenibles, pero ¿estamos de acuerdo que este es el menor porcentaje de los habitantes? Es decir, son esfuerzos sobre una muestra para nada representativa de las necesidades reales que pudiera presentar el medioambiente con respecto a la relación socioeconómica.
La energía debería enfocarse en educar y fortalecer a las sociedades marginadas para que, a través de ello, el ambiente logre poco a poco su resiliencia con un entorno que, si bien estará en vía de desarrollo, al menos lo hará bajo conciencia de sus actos y el vínculo esencial que tienen con el estado ambiental.









