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PANORAMA INTERNACIONAL

La economía del Vaticano: banca y geopolítica

Por: DA. Javier Rueda Castrillón
Analista económico en diferentes medios; autor de artículos sobre política y economía
jruedac@me.com

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Hablemos sobre las finanzas de la Iglesia… las cejas se arquean y los prejuicios se activan en una época donde el sistema financiero global huele a intereses, especulación y opacidad. Es un tema controversial en el que cuesta creer que una institución milenaria, religiosa y con sotanas al mando pueda ser ejemplo de administración económica ética. Abandone paradigmas y créame, lo es. La economía vaticana, tantas veces caricaturizada como una red secreta de fortunas y silencios, demuestra ser uno de los modelos más resilientes, funcionales y moralmente orientados del siglo XXI.

El punto de inflexión moderno llegó en 1929 con los Pactos de Letrán. Italia indemnizó al Vaticano por la pérdida de los Estados Pontificios y, con ese capital, la Santa Sede inició una nueva era: independiente, soberana y financieramente autónoma. Lejos de convertir esa base en un fondo especulativo, la Iglesia invirtió en instituciones que garantizaran su sostenibilidad espiritual y operativa. De ahí nació, en 1942, el Instituto para las Obras de Religión (IOR), un mecanismo financiero que respalda proyectos sociales y misioneros en más de cien países.

En 2023, el IOR reportó ganancias de 30.6 millones de euros, con activos líquidos que rondan los 5,600 millones de dólares. Ningún centavo va a bolsillos personales: todo se destina a escuelas en barrios marginados, clínicas en África, programas de vacunación, ayuda en conflictos bélicos y formación pastoral. No hay accionistas, ni dividendos, ni CEO premiados con bonos millonarios. Sólo misiones… ¿no lo puede creer en medio de tanta desconfianza y “mala fama”? Siga leyendo, por favor.

La ironía es brutal: mientras bancos multinacionales manipulan mercados, lavan dinero o financian guerras con discursos filantrópicos, el Vaticano ha entrado en los más altos estándares de gobernanza internacional. Se sometió a las normas del FATF (Financial Action Task Force), audita sus cuentas, rinde informes públicos y combate el lavado de dinero con una seriedad que haría sonrojar a muchas fintech. Su política de inversión ética debería estar en las cátedras de economía. Ni armas, ni juego, ni explotación, sólo proyectos que promuevan la dignidad humana.

No hay que olvidar los grandes escándalos del Vaticano, pero ¿qué institución milenaria no los ha tenido? La diferencia es que ha aprendido, ha reformado y ha evolucionado. Hoy, mientras el mundo financiero sigue debatiéndose entre la codicia y el colapso, el Vaticano ofrece una alternativa incómoda pero posible: una economía con propósito.

Un caso revelador es el del Hospital Bambino Gesù, en Roma, conocido como “el hospital del Papa”. Este centro pediátrico de referencia, sostenido en gran parte por fondos del Vaticano, atiende a más de 50 mil niños al año, muchos de ellos gratuitamente o con apoyos financiados por el IOR y otras estructuras de la Santa Sede. Durante la pandemia de COVID-19 no sólo se mantuvo operativo, sino que incluso amplió su atención a niños refugiados y desplazados. Todo esto, mientras decenas de hospitales privados en Europa recortaban personal, cerraban alas y reclamaban subsidios estatales.

En el informe de 2023 de la Autoridad de Supervisión e Información Financiera (ASIF), el Vaticano reportó 128 operaciones sospechosas investigadas, 16 de las cuales se turnaron a la justicia interna o a fiscalías de otros países. Lejos de encubrir, se ha expuesto. Este tipo de controles sigue siendo inexistente en varios paraísos fiscales que gozan de legitimidad financiera global. Mientras muchos medios continúan usando la narrativa del “banco oscuro del Vaticano”, la Santa Sede publica cada año su balance completo, disponible al público. Aunque duela a los escépticos, el Vaticano está haciendo algo que muchos no se atreven: limpiar sus cuentas… y ponerlas al servicio del bien común.

En este tránsito entre pontificados, el legado de Francisco y la visión emergente de León XVI se centran en un mismo propósito: consolidar una economía al servicio del ser humano, no del capital. Francisco abrió camino con su incansable defensa de una “economía con alma”, denunciando los excesos del sistema y exigiendo justicia para los excluidos. León XVI hereda esa brújula ética y se enfrenta al desafío de profundizar las reformas, blindar la transparencia y proyectar el modelo financiero del Vaticano como faro global de coherencia moral. Entre la desigualdad y el lucro desmedido, la Santa Sede reafirma que la economía no debe rendirse a la lógica del descarte, sino convertirse en una herramienta de reconciliación, equidad y paz.

Porque en Roma, el dinero no manda: ¡sirve!